Desde los dinosaurios hasta los planetas, algunos niños desarrollan una curiosidad especialmente profunda por determinados temas. Investigaciones recientes y tres especialistas explican cómo estos intereses se relacionan con el lenguaje, la memoria y las emociones, y cuándo podrían convertirse en motivo de preocupación. La historia de Mateo, un niño de La Serena de cuatro años y medio, permite conocer este fenómeno desde la experiencia familiar.
Por: Rodrigo Donoso
Cada vez que Mateo recibe un dinosaurio nuevo, repite la misma frase: “Toda mi vida he querido este dinosaurio”. Tiene cuatro años y medio, pero parece haber encontrado una pasión que ocupa buena parte de su pequeño universo.
Después viene un ritual que su familia ya conoce. Lo observa, lo toca, busca su imagen entre las páginas de sus libros y pide que alguien le lea todo lo que pueda sobre él. Luego inventa una historia y, casi inevitablemente, llega otra declaración: “Este es mi más favorito”. Lo curioso es que lo dice con cada dinosaurio que recibe.
Mateo vive en La Serena y su fascinación por estas criaturas prehistóricas está presente en casi todos los rincones de su vida cotidiana. Los dinosaurios protagonizan sus juegos, aparecen en sus cuentos, decoran sus pijamas y hasta se toman sus cumpleaños. Entre sus programas favoritos están el canal de YouTube Dinos para Niños, la serie Dinotren y las películas de Jurassic Park.
“En algún momento nos dimos cuenta de que ya no solo ‘le gustaban los dinosaurios’, sino que realmente había una fascinación”, cuenta su madre, Yenny Rojas, quien además es psicóloga.
La sorpresa familiar fue creciendo a medida que Mateo comenzó a demostrar conocimientos que incluso superaban los de los adultos que lo rodean. “Sabe sus nombres, qué comen, en qué continente vivían, en qué era. A veces me habla de un dinosaurio y yo pienso: ‘¿Y ese cuál es?’. Y él me explica”, relata.
Lo que ocurre con Mateo es una experiencia que también viven otras familias. Durante los primeros años de vida, algunos niños desarrollan una curiosidad particularmente marcada por determinados temas, desde los animales y el espacio hasta los vehículos o los dinosaurios. Son intereses que pueden mantenerse durante meses o años y convertirse en una puerta de entrada al aprendizaje, la imaginación y el desarrollo de nuevas habilidades.

Cuando una afición se convierte en un interés profundo
La psicóloga y psicoterapeuta Paloma Soto, estudiante del Magíster en Clínica Relacional con Niños, Niñas y Adolescentes de la Universidad Alberto Hurtado, prefiere hablar de intereses profundos en lugar de utilizar términos como “intensos” o “restringidos”.
Los define como “una temática, actividad u objeto que despierta en el niño una curiosidad especialmente marcada y que se sostiene en el tiempo”.
Su aparición durante los primeros años de vida tiene relación con una etapa especialmente importante para el desarrollo del lenguaje, la memoria, la atención y la imaginación. Entre los 3 y los 6 años, estas capacidades experimentan avances que permiten a los niños explorar con mayor autonomía aquello que despierta su curiosidad.
Pero ¿qué tienen los dinosaurios que resultan tan atractivos?
“Son animales gigantes, visualmente llamativos, con nombres complejos, presentan diferencias que pueden clasificarse y, lo más curioso, son animales que ya no existen, lo que les permite jugar con la fantasía”, explica Soto.
Esa combinación de misterio, conocimiento e imaginación ayuda a entender por qué criaturas desaparecidas hace millones de años siguen despertando tanta curiosidad entre los más pequeños.
Cuando la curiosidad se convierte en conocimiento
La fascinación de Mateo por los dinosaurios tiene una explicación que va más allá de sus juguetes y libros favoritos. Durante décadas, la ciencia ha estudiado cómo se desarrollan los intereses infantiles y qué relación tienen con el aprendizaje. Investigaciones recientes han aportado nuevos antecedentes sobre su vínculo con el lenguaje, la memoria y la adquisición de conocimientos.
Un estudio publicado en noviembre de 2025 en la revista científica Journal of Child Language, siguió a 67 niños entre los 18 y 24 meses de edad. Los resultados mostraron que el interés por determinadas categorías de objetos, reportado por sus familias, permitía predecir cuánto vocabulario relacionado con esos temas conocerían seis meses después. Los hallazgos sugieren una relación entre aquello que despierta la curiosidad infantil y las palabras que los niños incorporan a su lenguaje.
Los dinosaurios también han sido protagonistas de estas investigaciones. En 2024, un estudio publicado en Cognitive Development analizó la experiencia de niños que visitaron una exposición con el esqueleto fósil de un triceratops. Al evaluar cuánto recordaban aproximadamente diez días después, los investigadores encontraron que aquellos con mayor curiosidad retenían mejor parte de la información presentada, especialmente los datos más destacados. La visita también se relacionó con un aumento del interés por estos animales prehistóricos.
El papel de las familias es otro aspecto que ha despertado interés científico. Una investigación publicada en junio de 2026 en The Journal of Genetic Psychology examinó las experiencias de niños de entre cuatro y nueve años que visitaron una exposición de dinosaurios. Los resultados mostraron que quienes mantenían más conversaciones familiares después de la visita también manifestaban mayor interés y participación en actividades relacionadas con el tema. Los hallazgos apuntan a la importancia de los espacios de exploración compartida durante la infancia.
Aunque estos hallazgos no permiten concluir que un niño apasionado por los dinosaurios sea más inteligente que sus pares, sí muestran que sus intereses pueden abrir oportunidades para aprender nuevas palabras, recordar información y explorar el mundo. En el caso de Mateo, cada dinosaurio que llega a sus manos puede convertirse en una nueva pregunta, una historia por inventar o una razón para volver a abrir sus libros.
Mucho más que aprender nombres difíciles
Detrás de cada dinosaurio que Mateo reconoce hay distintas oportunidades de aprendizaje. Memorizar sus nombres, identificar sus características o distinguir sus tamaños permite ejercitar habilidades cognitivas, mientras que las conversaciones sobre estas criaturas amplían el vocabulario y estimulan la curiosidad.
Sin embargo, los beneficios pueden ir más allá de adquirir conocimientos.“Saber mucho sobre un tema puede hacer que el niño se sienta capaz y reconocido por los demás, fomentando su autopercepción y autoestima”, destaca Soto.
Una mirada que comparte Elisa Henríquez Farías, terapeuta ocupacional con nueve años de experiencia en atención temprana, quien recuerda que el juego constituye una de las actividades fundamentales durante la infancia.
Según explica, jugar permite explorar intereses, experimentar y repetir acciones que resultan atractivas para los niños. Esa motivación favorece la incorporación de nuevos aprendizajes. “Esa es la combinación ideal para el aprendizaje significativo”, sostiene.
Por su parte, Marcela Tapia Rodríguez, educadora diferencial y jefa de la Unidad de Inclusión de la Universidad Central, sede Región de Coquimbo, plantea que estas fascinaciones también pueden aprovecharse como herramientas educativas.
Contar dinosaurios, ordenarlos según su tamaño, clasificarlos por sus características o conversar sobre los fósiles y la extinción son algunas actividades que permiten incorporar conocimientos a partir de aquello que ya despierta el interés infantil.
Una de sus propuestas consiste en transformar el juego en una pequeña expedición paleontológica. “Escondemos dinosaurios o ‘fósiles’ de juguete en la arena y los niños tienen que encontrarlos. Después contamos cuántos encontraron, los ordenamos por tamaño y conversamos sobre ellos”, explica.
En la familia de Mateo, ese aprendizaje también se ha convertido en una experiencia compartida. Las conversaciones sobre dinosaurios ya forman parte de la rutina y, en ocasiones, es el propio niño quien termina enseñando a los adultos. “A la hora del almuerzo estamos con Mateo y sus abuelos, hablando de sus diferencias y aprendiendo nombres y características”, cuenta Yenny.
“No solamente él aprende de nosotros, sino que también nosotros terminamos aprendiendo de él”, agrega.

La tristeza de Mateo por los dinosaurios que desaparecieron
Aunque los dinosaurios son una fuente inagotable de entretención para Mateo, también despiertan emociones que van más allá del entusiasmo. A veces, mientras revisa sus libros, siente tristeza al recordar el meteorito asociado a la extinción de estos animales. Imagina a las madres intentando proteger a sus crías y piensa que, seguramente, se les quemaron las patitas.
Esa preocupación, que podría parecer inesperada para un adulto, también permite observar cómo los niños comienzan a relacionar sus intereses con el mundo emocional.
Paloma Soto explica que, durante esta etapa, se desarrollan progresivamente capacidades vinculadas con la empatía, la comprensión de las emociones de otros y las primeras nociones de pérdida.
Por eso, cuando un niño manifiesta tristeza frente a una situación como esta, recomienda reconocer lo que siente en lugar de restarle importancia. En vez de responder “pero si los dinosaurios ya no existen, no tienes por qué estar triste”, propone abrir un espacio de conversación.
“Te da pena pensar que los dinosaurios desaparecieron, ¿cierto? ¿Qué es lo que más te da tristeza?”.
La diferencia está en permitir que el niño exprese sus emociones y encuentre en los adultos un espacio para comprenderlas.
¿Cuándo una fascinación puede convertirse en motivo de preocupación?
En la casa de Mateo, los dinosaurios también pueden representar pequeños desafíos cotidianos, especialmente cuando llega el momento de ordenar los juguetes o elegir otro programa de televisión.
“A veces pienso que es demasiado, sobre todo cuando hay que ordenar o cuando queremos ver otra cosa en la tele. Pero prima todo lo que él aprende y con lo que él disfruta con ellos”, reconoce Yenny con humor.
Para las especialistas, la intensidad de un interés no constituye, por sí misma, una señal de alerta.
Soto explica que lo relevante es observar si el niño puede disfrutar de su afición “sin que se restrinjan significativamente su bienestar, sus posibilidades de participación y su desarrollo”.
Desde la terapia ocupacional, Henríquez identifica algunas situaciones que merecen mayor atención. Entre ellas, un malestar muy intenso y persistente cuando se interrumpe el juego, dificultades para realizar actividades cotidianas como comer, vestirse o dormir, o una tendencia al aislamiento que afecte sus vínculos con otros niños.
“Se trata de observar si ese interés está ampliando sus oportunidades de participación o si está generando dificultades en su vida diaria”, señala.
La preocupación, por tanto, debería centrarse en cómo ese interés influye en el bienestar y las actividades cotidianas del niño, considerando también su etapa de desarrollo.

¿Existe alguna relación con el autismo?
Los intereses profundos también suelen aparecer en conversaciones sobre el trastorno del espectro autista (TEA), especialmente cuando un niño demuestra conocimientos muy específicos sobre una temática o dedica gran parte de su tiempo a ella.
Sin embargo, las especialistas advierten que sería incorrecto establecer una relación automática entre ambas situaciones.
“Que un niño tenga un interés profundo no significa, por sí solo, que tenga trastorno del espectro autista. Estos intereses también aparecen en niños con un desarrollo neurotípico”, aclara Soto.
La psicóloga explica que, para evaluar eventuales diferencias en el neurodesarrollo, es necesario considerar un conjunto más amplio de características, especialmente aquellas relacionadas con la comunicación, la interacción social y la flexibilidad frente a distintas situaciones.
Entre las señales que podrían justificar una evaluación profesional menciona dificultades persistentes para interactuar con adultos o pares, reacciones de malestar muy intensas ante cambios de rutina o particularidades sensoriales que interfieran en la vida cotidiana.
En esos casos, recomienda acudir a profesionales con experiencia en neurodesarrollo infantil, como psicólogos especializados o neurólogos.
“Conviene evitar tanto la patologización de la curiosidad infantil como la minimización de señales que merecen atención”, advierte.
Cómo acompañar estos intereses sin limitar la exploración
Para las familias, uno de los principales desafíos consiste en acompañar estas fascinaciones y, al mismo tiempo, mantener las rutinas y abrir espacios para nuevas experiencias.
Elisa Henríquez propone aprovechar aquello que entusiasma al niño para facilitar actividades cotidianas que pueden generar resistencia. “Podemos invitarlo a que su dinosaurio favorito lo acompañe a ordenar los juguetes, a prepararse para dormir o a sentarse a comer. Incluso podemos jugar a que el dinosaurio necesita aprender a vestirse (…) y que el niño le enseñe cómo hacerlo”, ejemplifica.
También recuerda que estimular estos intereses no requiere necesariamente aumentar la cantidad de juguetes disponibles. “No se trata necesariamente de comprar más y más figuras o juguetes, sino de ofrecer nuevas experiencias”, enfatiza.
En esa misma línea, Soto plantea que los adultos pueden reconocer el entusiasmo de sus hijos sin dejar de establecer límites claros.
Cuando llega la hora de dormir y el niño quiere continuar jugando, por ejemplo, sugiere validar la frustración y explicar con tranquilidad lo que ocurrirá. “Sé que quieres seguir jugando y que te cuesta parar. Dejaremos a los dinosaurios aquí para continuar mañana; ahora es hora de descansar”.
La clave, coinciden las especialistas, está en acompañar la curiosidad infantil, ofrecer oportunidades para explorar nuevos aprendizajes y observar cómo estos intereses se integran en la vida cotidiana.
En la casa de Mateo, esa curiosidad continúa creciendo con cada figura, cada libro y cada nueva pregunta sobre animales que desaparecieron hace millones de años.
Para Yenny, lo que comenzó como una afición infantil terminó convirtiéndose en una manera de conocer mejor a su hijo y compartir con él una parte importante de su mundo. “Los dinosaurios son el idioma de mi hijo para explorar el mundo. Juega, imagina, pregunta, aprende y nos enseña a través de ellos”.


