“Si estás mal, pide ayuda”. La frase aparece con frecuencia cuando se habla de salud mental y prevención del suicidio. Es un mensaje necesario, pero también insuficiente.
Para Catalina Sepúlveda, psicóloga clínica y creadora de psicologíacompartida.cl, una de las principales dificultades está precisamente en depositar buena parte de la responsabilidad de actuar en quien puede estar atravesando uno de los momentos más complejos de su vida.
“Le estamos pidiendo a una persona que, en la mayoría de los casos, está desesperanzada, agotada, aislada o convencida de que es una carga para los demás, que tenga precisamente la iniciativa y los recursos psicológicos necesarios para salvarse”, explica.
Por eso, sostiene que la conversación debería avanzar desde el tradicional “si estás mal, pide ayuda” hacia una pregunta más amplia: ¿qué ocurre cuando alguien está mal y no tiene la capacidad de pedirla?
La respuesta, plantea, requiere construir una sociedad capaz de detectar, escuchar y responder.
Conversemos
Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. A nivel global, este continúa siendo una de las principales causas de muerte entre adolescentes y adultos jóvenes.
Sepúlveda advierte que, aunque en Chile se ha observado una tendencia descendente en las muertes por suicidio durante los últimos años, aquello no significa que el problema esté resuelto.
“Que las cifras de muertes por suicidio bajen no significa que el problema esté controlado”, señala, especialmente considerando las consultas de urgencia asociadas a lesiones autoinfligidas.
Pero existe además otra dificultad: el suicidio continúa siendo un tema rodeado de silencios, temores y mitos. Uno de los más extendidos sostiene que preguntarle directamente a una persona si ha pensado en suicidarse podría inducir esa conducta.
“Es falso. Preguntar directamente no induce el comportamiento suicida”, explica la psicóloga. Por el contrario, abrir esa conversación puede disminuir la ansiedad, facilitar que la persona se sienta comprendida y permitir hablar de manera más honesta sobre lo que está ocurriendo.
También persiste la idea de que quien manifiesta deseos de morir “solo busca llamar la atención”.
Para Sepúlveda, esa interpretación puede ser especialmente dañina. “Incluso cuando una conducta tiene una dimensión comunicativa, lo que está comunicando es sufrimiento y necesita ser atendido”.
Otro mito frecuente es asociar el suicidio exclusivamente a la presencia de una enfermedad mental. Si bien los trastornos de salud mental pueden aumentar el riesgo, la especialista recalca que se trata de un fenómeno multifactorial, donde pueden intervenir el aislamiento, las pérdidas, la violencia, el abuso, la discriminación, los conflictos familiares, las dificultades económicas, el dolor crónico o determinadas crisis vitales.
Las señales no siempre son evidentes
Cambios importantes de ánimo, aislamiento, expresiones de desesperanza, sentirse una carga para los demás, hablar reiteradamente de la muerte, despedirse de personas significativas o regalar pertenencias importantes pueden constituir señales de alerta.
También existen momentos en que resulta especialmente relevante estar atentos, como después de una pérdida, una ruptura, episodios de violencia, problemas económicos, enfermedades, discriminación o situaciones de aislamiento social.
Sin embargo, Sepúlveda advierte sobre un error habitual: esperar que una persona en riesgo necesariamente “parezca” estar mal.
“Alguien puede seguir trabajando, riéndose, publicando en redes sociales y funcionando aparentemente con normalidad”, señala.
Por eso, plantea que la respuesta no consiste en transformar a familiares, amigos o compañeros de trabajo en “detectives de síntomas”, sino en generar relaciones y comunidades donde preguntar cómo está el otro sea algo cotidiano y donde exista disposición real para escuchar la respuesta.
¿Qué hacer cuando existe preocupación?
Si una persona presenta señales que generan preocupación, la recomendación es preguntar directamente y sin eufemismos.
Una conversación puede comenzar de manera sencilla: “Te veo distinto últimamente y me preocupa. ¿Has pensado en hacerte daño?”.
Si la respuesta es afirmativa, Sepúlveda recomienda escuchar sin juzgar y evitar frases que, aunque generalmente nacen del cariño, pueden terminar aumentando la culpa: “tienes tantas cosas por las que vivir”, “tienes una familia maravillosa” o “hay gente que está peor”.
En cambio, propone respuestas como “gracias por confiar en mí”, “no tienes que resolver esto solo” o “me voy a quedar contigo y vamos a buscar ayuda”.
Cuando existe un riesgo inmediato, enfatiza, la persona no debe quedar sola y se debe contactar a servicios de urgencia o apoyo especializado, además de disminuir el acceso a elementos con los que pudiera hacerse daño.
“Acompañar no significa tener todas las respuestas. A veces significa no dejar sola a una persona mientras conseguimos esas respuestas”, resume.
Más allá del individuo
Una de las ideas centrales que plantea Sepúlveda es que el suicidio no puede abordarse exclusivamente como un problema individual.
La psicoterapia, las herramientas de regulación emocional, la actividad física, las redes de apoyo y la posibilidad de solicitar ayuda son importantes. Sin embargo, existen condiciones que exceden las herramientas personales.
“Ninguna técnica de respiración resuelve la precariedad económica, el acoso laboral, el bullying, la violencia intrafamiliar, la discriminación, la soledad no elegida, el desempleo, una deuda imposible de pagar o las dificultades para acceder a atención de salud mental”, sostiene.
Desde esa perspectiva, prevenir también significa observar los llamados determinantes sociales del sufrimiento y preguntarse qué condiciones pueden modificarse antes de que una persona llegue a una crisis.
Eso incluye acceso oportuno a salud mental, ambientes laborales saludables, comunidades conectadas, establecimientos educacionales preparados para detectar situaciones de riesgo, políticas de protección social y menores barreras para recibir atención.
Una “arquitectura de prevención”
Para la psicóloga, prevenir un suicidio tampoco comienza únicamente cuando alguien manifiesta que no quiere seguir viviendo.
“Empieza mucho antes”, afirma.
Sepúlveda utiliza el concepto de una “arquitectura de prevención” para describir entornos diseñados para aumentar las posibilidades de que una persona que está sufriendo sea detectada, acompañada y conectada oportunamente con ayuda.
En la práctica, eso supone profesores y equipos laborales preparados para reconocer señales de alerta; colegios, universidades y lugares de trabajo con protocolos claros; servicios de salud accesibles; líneas de ayuda disponibles; seguimiento después de una crisis o intento de suicidio; comunidades que sepan cómo reaccionar y medios de comunicación que informen responsablemente.
El objetivo es que la prevención no dependa exclusivamente de que alguien, precisamente durante uno de los momentos más difíciles de su vida, pueda identificar lo que le ocurre, conocer las alternativas disponibles y dar por sí mismo el primer paso.
Por eso, este 10 de septiembre, Sepúlveda propone ampliar el sentido de una frase que se ha convertido en habitual cuando se habla de salud mental.
Pedir ayuda sigue siendo importante. Pero también lo es aprender a ofrecerla antes de que alguien tenga que pedirla.
“La prevención del suicidio no es solamente ayudar a una persona a soportar la vida. También es construir condiciones para que la vida sea más vivible. Y eso nos involucra a todos”.
Dónde pedir ayuda en Chile: ante una situación de riesgo, se puede contactar la Línea de Prevención del Suicidio *4141, gratuita y confidencial, disponible las 24 horas del día desde teléfonos móviles. Frente a un riesgo inmediato, se debe acudir a un servicio de urgencia y procurar que la persona no permanezca sola.


