Megaevento de precipitaciones en la Región de Coquimbo: científicos de CEAZA explican qué ocurrió y qué viene ahora

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Megaevento de precipitaciones en la Región de Coquimbo: científicos de CEAZA explican qué ocurrió y qué viene ahora

Lo que comenzó como un sistema frontal anunciado con varios días de anticipación terminó convirtiéndose en uno de los episodios meteorológicos más extraordinarios registrados en el Norte Chico. Las imágenes se sucedían una tras otra: ríos desbordados, quebradas activadas después de años de permanecer secas, caminos destruidos, viviendas inundadas, localidades aisladas y miles de familias enfrentando una emergencia inédita agravada por extensos cortes de agua potable y electricidad.

En una región acostumbrada a mirar el cielo esperando precipitaciones que casi nunca llegaban, el problema dejó de ser la falta de agua. Por primera vez en mucho tiempo, el desafío fue exactamente el contrario.

Durante casi una semana, la lluvia cayó de manera persistente sobre la Región de Coquimbo. No se trató de un aguacero intenso concentrado en unas pocas horas ni de un frente aislado que cruzó rápidamente el territorio. Fue una sucesión de sistemas frontales que mantuvo precipitaciones prácticamente continuas entre el 16 y el 21 de julio, alterando la vida cotidiana de miles de personas y poniendo a prueba infraestructura, servicios básicos y sistemas de emergencia.

Mientras los equipos municipales retiraban barro de las calles, Bomberos acudía a rescates y las cuadrillas trabajaban para restablecer el suministro de agua potable, otra emergencia comenzaba a desarrollarse lejos de las zonas inundadas.

En las estaciones meteorológicas distribuidas entre la costa, los valles y la cordillera, los datos comenzaban a mostrar algo que pocas veces ocurre en climatología: los registros históricos empezaban a caer uno tras otro.

Al principio parecía una anomalía puntual. Sin embargo, conforme avanzaban las horas y nuevas estaciones transmitían información, la tendencia se repetía prácticamente en toda la región. Los acumulados crecían a un ritmo pocas veces observado y empezaban a superar marcas que, en algunos casos, permanecían intactas desde hacía casi cuatro décadas.

En La Serena se acumularon cerca de 200 milímetros de lluvia, más del doble de lo que normalmente precipita durante un año completo. En distintos sectores del Limarí y del Choapa, los registros incluso superaron los 300 milímetros.

Pero las cifras, por sí solas, todavía no alcanzaban a explicar la verdadera dimensión del fenómeno. Lo que comenzó a llamar la atención de los investigadores no fue únicamente cuánto había llovido, sino la forma en que ocurrió.

La mayor parte del agua cayó de manera continua durante casi seis días. Esa persistencia permitió que los suelos alcanzaran rápidamente su capacidad máxima de absorción, favoreciendo inundaciones, escurrimientos superficiales y remociones de tierra que terminaron amplificando los efectos del temporal.

Mientras la emergencia seguía desarrollándose en terreno, los climatólogos del Centro Científico CEAZA comenzaron a revisar las series históricas para responder una pregunta que, hasta ese momento, nadie podía contestar con certeza.

¿Había ocurrido antes algo semejante?

Las primeras comparaciones comenzaron a despejar la duda. «Lo acumulado en estos seis días fue similar a todo el año de El Niño de 1997 y superior al megaevento registrado en junio de 1992», resume el modelador estadístico de CEAZA, Cristian Muñoz.

La conclusión era tan simple como impactante. La Región de Coquimbo no había enfrentado simplemente un temporal intenso, es decir, acababa de vivir uno de los eventos meteorológicos más extraordinarios de su historia reciente y lo más sorprendente todavía estaba por aparecer.

Cuando incluso los científicos comenzaron a sorprenderse

En climatología existe una diferencia importante entre presenciar un fenómeno extraordinario y demostrar que realmente lo fue.

Las imágenes de calles inundadas, quebradas activadas y caminos destruidos bastaban para confirmar que la Región de Coquimbo enfrentaba una emergencia de grandes proporciones. Pero para los investigadores todavía faltaba responder la pregunta más importante: ¿era este un temporal excepcional o simplemente otro gran evento dentro de la historia climática del Norte Chico?

La respuesta no estaba en las calles, estaba en los datos.

Mientras los equipos de emergencia seguían desplegados en terreno, comenzó un trabajo mucho menos visible, pero igual de decisivo. En las oficinas del Centro Científico CEAZA, los especialistas empezaron a comparar los registros que llegaban desde decenas de estaciones meteorológicas con series históricas que, en algunos casos, se remontan por más de medio siglo.

No buscaban un titular, buscaban evidencia. Y fue precisamente esa evidencia la que terminó sorprendiendo incluso a quienes llevan años estudiando el clima de la región.

Los primeros resultados mostraban una señal difícil de ignorar: las cifras no solo eran altas. En varias estaciones estaban superando récords que habían resistido algunos de los inviernos más lluviosos de las últimas décadas, incluidos los históricos eventos asociados al fenómeno de El Niño de 1984 y 1997.

Uno de los registros que más llamó la atención fue el de Caimanes, en la provincia del Choapa. Allí se acumularon 363 milímetros de lluvia durante el evento, un 87% más que el récord anterior, vigente desde 1997.

Pero no fue un caso aislado. En Cochiguaz, en la precordillera del Elqui, los instrumentos marcaron 216 milímetros, superando en un 88% el máximo histórico registrado casi tres décadas atrás. Ovalle rompió el récord establecido en 1984 con 231 milímetros, mientras que Vallenar también registró su mayor acumulado histórico, con 171 milímetros, un 54% por sobre la marca anterior.

Cuando los investigadores ampliaron el análisis al resto del Norte Chico, el fenómeno comenzó a adquirir otra dimensión.

En Elqui, dos de cada tres estaciones registraron la mayor intensidad de precipitaciones desde que existen mediciones. Y en Limarí, varias localidades superaron marcas que parecían difíciles de romper.

Sin embargo, el dato que terminó convenciendo definitivamente a los climatólogos de que estaban frente a un fenómeno extraordinario no fue un milimetraje en particular.

Fue el comportamiento del evento.

Durante décadas, los grandes inviernos lluviosos del Norte Chico habían distribuido sus precipitaciones en distintos sistemas frontales, separados por días – e incluso semanas – de diferencia. Esta vez ocurrió algo completamente distinto.

Prácticamente toda la lluvia cayó durante un mismo episodio. Esa diferencia, aparentemente técnica, cambió por completo la lectura del fenómeno.

«Para el 73% de las estaciones con series largas, fue el mayor evento continuo de seis días jamás registrado desde el inicio de las mediciones», resume el climatólogo regional de CEAZA, Álvaro Salazar.

La afirmación ayuda a entender por qué este temporal no puede compararse únicamente por la cantidad de agua caída, pues lo excepcional fue que esa enorme cantidad de lluvia se concentró en menos de una semana.

Los suelos apenas tuvieron tiempo para absorber las primeras precipitaciones cuando una nueva banda frontal volvía a descargar agua sobre las mismas cuencas. Día tras día, la capacidad natural de infiltración disminuyó, aumentaron los escurrimientos superficiales y crecieron los caudales de ríos y quebradas, multiplicando los efectos del temporal sobre ciudades, caminos y sectores rurales.

«El evento fue extremo por la concentración de la lluvia en seis días continuos, no necesariamente por el total del mes», explica Salazar. «En varias estaciones, julio de 1984, 1987 o junio de 1997 acumularon más agua, incluso sobre los 500 milímetros en sectores de la precordillera del Limarí. Pero en esos casos las precipitaciones se distribuyeron entre dos y cinco eventos distintos. En 2026 ocurrió prácticamente todo durante un solo temporal, y eso explica buena parte de sus consecuencias».

A medida que el análisis avanzaba, los investigadores comenzaron a comprender que el fenómeno no solo había roto récords. También estaba rompiendo una idea que durante años pareció instalada en la Región de Coquimbo: que los grandes temporales pertenecían al pasado.

La pregunta entonces dejó de ser cuánto había llovido, la verdadera incógnita pasó a ser otra.

¿Qué combinación de factores fue capaz de generar un evento de esta magnitud en pleno siglo XXI?

¿Por qué ocurrió?

En meteorología, los grandes eventos rara vez tienen una única explicación. No existe un solo fenómeno capaz de producir, por sí mismo, seis días consecutivos de precipitaciones históricas. Lo que ocurrió durante la segunda quincena de julio fue el resultado de una combinación poco habitual de procesos atmosféricos que coincidieron prácticamente al mismo tiempo y terminaron reforzándose entre sí.

Los investigadores lo describen como una sucesión de piezas que encajaron con una precisión poco frecuente.

La primera de ellas fue El Niño. Después de varios meses mostrando señales de fortalecimiento sobre el océano Pacífico ecuatorial, el fenómeno ya se encontraba en una fase de alta intensidad. Esa condición, conocida por favorecer inviernos más lluviosos en la zona centro norte de Chile, preparó parte del escenario para la llegada de sistemas frontales más activos, pero, por sí solo, El Niño tampoco bastaba para explicar lo ocurrido.

A esa condición oceánica se sumó otro actor mucho menos conocido fuera del mundo científico: la Oscilación Madden-Julian (MJO), un patrón atmosférico que recorre el planeta y que influye directamente en la formación de nubosidad y tormentas tropicales.

Cuando ambos fenómenos coincidieron en una fase favorable para las precipitaciones sobre Chile central, comenzaron a modificar la circulación atmosférica sobre una enorme extensión del océano Pacífico.

Fue entonces cuando apareció la pieza que terminó inclinando la balanza.

Según explica el modelador estadístico de CEAZA, Cristian Muñoz, esa interacción favoreció el desarrollo de una persistente zona de altas presiones sobre el océano Austral, al oeste de la península Antártica.

Lejos de bloquear los sistemas frontales, esa configuración actuó como una especie de desvío atmosférico que cambió su trayectoria habitual.

«Esta alta presión persistente permitió desviar la trayectoria de los sistemas frontales hacia la zona central de Chile, incluida la Región de Coquimbo», explica.

El resultado fue un verdadero corredor meteorológico.

Mientras nuevos sistemas frontales seguían formándose sobre el Pacífico, las condiciones atmosféricas continuaban empujándolos hacia el Norte Chico prácticamente uno tras otro.

La persistencia fue la clave, no hubo tiempo suficiente para que la atmósfera recuperara estabilidad entre un sistema y otro. Y tampoco para que los suelos drenaran el agua caída antes de recibir nuevas precipitaciones.

A esa configuración se añadió un ingrediente más.

Sobre el Pacífico subtropical se desarrolló una intensa corriente de vientos en altura (a unos ocho kilómetros sobre la superficie) que favoreció el desarrollo y desplazamiento de estos sistemas frontales hacia la costa chilena.

Vista desde el espacio, la atmósfera funcionó como una enorme cinta transportadora de humedad.

Vista desde tierra, el resultado fue mucho más simple.

Llovió y siguió lloviendo durante seis días.

Los especialistas coinciden en que fue precisamente esa continuidad la que terminó diferenciando este episodio de otros grandes temporales registrados durante el siglo pasado.

No fue únicamente un problema de intensidad. Fue, sobre todo, un problema de persistencia.

Esa diferencia explica por qué, aun cuando algunos inviernos históricos acumularon más agua durante todo un mes, el evento de julio de 2026 terminó provocando consecuencias mucho más severas en numerosos sectores de la región.

Pero mientras los investigadores lograban reconstruir las causas del fenómeno, otra inquietud comenzaba a instalarse entre climatólogos de distintas partes del mundo.

Porque entender por qué ocurrió este megaevento también significaba enfrentar una pregunta mucho más incómoda: ¿Y si no fuera un episodio aislado?

¿Podría volver a ocurrir?

Durante años, la principal preocupación climática de la Región de Coquimbo tuvo un solo nombre: sequía.

Los informes hablaban de déficit de precipitaciones, embalses en niveles críticos y una desertificación que avanzaba lentamente sobre el territorio. La discusión pública giraba en torno a la falta de agua y a cómo adaptarse a un escenario cada vez más árido.

El temporal de julio cambió, al menos por unos días, esa conversación. De pronto, la pregunta dejó de ser cuándo volvería a llover, la inquietud pasó a ser otra.

¿Y si estas lluvias extremas dejan de ser excepcionales?

Los investigadores son cuidadosos con la respuesta. Ningún científico serio atribuye un evento aislado exclusivamente al cambio climático. La atmósfera es un sistema complejo donde confluyen numerosos factores naturales y cada temporal tiene características propias. Sin embargo, cuando esos eventos comienzan a analizarse dentro de una tendencia de largo plazo, aparecen señales que la comunidad científica observa con creciente atención. Una de ellas tiene relación con la temperatura de los océanos.

Durante las últimas décadas, el Pacífico – al igual que el resto de los océanos del planeta- ha acumulado calor a un ritmo sin precedentes en la era moderna. Ese aumento de temperatura modifica uno de los elementos más importantes de la atmósfera: la cantidad de vapor de agua disponible.

Y cuando un sistema frontal atraviesa un océano más cálido, también encuentra más humedad para transportar.

En términos simples, la atmósfera dispone de más agua y eso aumenta el potencial para que las precipitaciones sean más intensas.

Cristian Muñoz explica que ese mecanismo ya forma parte del consenso científico internacional.

«El cambio climático ha estado calentando los océanos a una tasa sin precedentes en la era moderna. Como consecuencia, la cantidad de vapor de agua presente en la atmósfera y que es arrastrada por los sistemas frontales en su camino hacia la costa sudamericana es mayor.»

La consecuencia de ese proceso no necesariamente significa que lloverá más todos los años. De hecho, podría ocurrir exactamente lo contrario.

Los periodos secos pueden seguir siendo prolongados, pero cuando finalmente lleguen las precipitaciones, existe una mayor probabilidad de que se presenten con una intensidad muy superior a la conocida durante buena parte del siglo pasado.

Es una paradoja que hoy comienza a estudiarse en distintas regiones del mundo.

Más sequías, pero también lluvias más extremas.

Muñoz resume esa preocupación en una frase que, probablemente, sintetiza una de las principales conclusiones del trabajo científico desarrollado tras el temporal.

«Hay consenso en que eventos similares serían más frecuentes con el paso de los años.»

Aunque esa posibilidad todavía continúa siendo objeto de investigación, no es la única señal que observan los climatólogos.

Álvaro Salazar explica que diversas publicaciones científicas también han advertido una posible intensificación del fenómeno de El Niño, condición que históricamente ha favorecido los grandes inviernos lluviosos en la zona centro norte de Chile.

Si ambas tendencias continúan consolidándose, el escenario climático podría volverse más desafiante para territorios como la Región de Coquimbo.

No porque vaya a dejar de existir la sequía, sino porque deberá convivir con fenómenos aparentemente contradictorios. Largos periodos con escasas precipitaciones y, entre ellos, episodios de lluvia capaces de romper registros históricos en cuestión de días. Ese escenario obliga también a cambiar la forma en que se planifican las ciudades.

Las redes de evacuación de aguas lluvias, la infraestructura vial, el diseño urbano y los sistemas de monitoreo fueron concebidos, en gran medida, considerando un clima muy distinto al que comienza a describir la evidencia científica.

Lo ocurrido en julio dejó en evidencia que una región preparada durante años para administrar la escasez también debe aprender a responder frente a la abundancia extrema, porque ambos escenarios pueden coexistir.

Y ese, quizás, sea uno de los principales desafíos que deja este megaevento. La ciencia todavía no puede anticipar cuándo volverá a producirse un episodio de esta magnitud.

Lo que sí puede afirmar es que comprender estos fenómenos ya no constituye únicamente un ejercicio académico. Se ha transformado en una herramienta esencial para anticipar riesgos, planificar el territorio y reducir el impacto de futuras emergencias.

Por eso, cuando los investigadores terminaron de analizar los registros de este histórico temporal, entendieron que el trabajo recién comenzaba. Las cifras permitían explicar el pasado, pero ahora la mirada estaba puesta en el futuro.

Porque si algo dejó claro el invierno de 2026 es que el clima del Norte Chico continúa escribiendo una historia que aún está lejos de terminar.

Después del temporal: lo que viene ahora

Con los récords ya establecidos y las causas del fenómeno mejor comprendidas, la atención de los científicos comenzó a desplazarse hacia una nueva tarea: mirar el horizonte.

La pregunta ya no era cuánto había llovido, era qué podía ocurrir durante el resto del invierno.

La respuesta, por ahora, entrega un respiro.

Según los modelos meteorológicos del Centro Científico CEAZA, el escenario más probable para los días posteriores al megaevento es de estabilidad, con precipitaciones de menor intensidad concentradas principalmente en sectores cordilleranos y algunos chubascos débiles en la provincia del Choapa.

«No se esperan grandes precipitaciones para los próximos días en la Región de Coquimbo», explica el meteorólogo Tomás Caballero. «Se mantendrán algunos chubascos de nieve en cordillera y precipitaciones débiles, inferiores a los 10 milímetros, en sectores del Choapa».

Sin embargo, esa pausa no significa necesariamente el fin de un invierno activo, las proyecciones climáticas de mediano plazo siguen mostrando un escenario favorable para nuevas precipitaciones durante los próximos meses.

Caballero explica que los modelos estacionales mantienen una señal consistente para el trimestre agosto-septiembre-octubre.

«Las proyecciones indican una probabilidad superior al 70% de precipitaciones sobre lo normal en gran parte de Chile, por lo que es esperable que tengamos más eventos de lluvia durante los próximos meses.»

Los especialistas son enfáticos en que esa información no debe interpretarse como el anuncio de otro temporal similar al de julio, ya que los pronósticos estacionales permiten estimar tendencias generales, no anticipar eventos específicos.

Pero sí muestran que la atmósfera continuará ofreciendo condiciones favorables para que el invierno siga dejando precipitaciones por sobre lo habitual. Ese escenario, sostienen los investigadores, vuelve aún más relevante una de las principales lecciones que dejó la emergencia.

Porque el megaevento no sólo puso a prueba la capacidad de respuesta frente a una catástrofe. También demostró el valor que tiene la información científica cuando logra transformarse en una herramienta para la toma de decisiones.

Los modelos meteorológicos anticiparon con varios días de anticipación que el sistema frontal tendría una intensidad extraordinaria. La magnitud de las precipitaciones, la duración del evento e incluso las zonas con mayor riesgo fueron proyectadas antes de que comenzaran las lluvias.

Sin embargo, la experiencia también dejó en evidencia que disponer de buenos pronósticos no basta cuando el territorio continúa siendo vulnerable.

Para Tomás Caballero, ese es uno de los principales aprendizajes que deja el histórico temporal.

«No basta con contar con un buen pronóstico si la preparación territorial y la respuesta institucional no avanzan al mismo nivel.»

La reflexión trasciende la meteorología, habla de ciudades construidas para un clima que está cambiando.

De infraestructura diseñada con parámetros que hoy comienzan a ser desafiados.

Y de la necesidad de fortalecer la relación entre la ciencia y quienes toman decisiones públicas. Álvaro Salazar sostiene que eventos como el vivido en julio obligan a mirar el territorio con una perspectiva distinta. No sólo reforzando el monitoreo meteorológico, sino incorporando el conocimiento científico al ordenamiento territorial, la planificación urbana y la gestión del riesgo.

Porque comprender el comportamiento del clima ya no consiste únicamente en saber cuándo lloverá. Consiste, sobre todo, en anticipar cómo responder cuando ocurra.

Un invierno que cambió la conversación

Durante más de quince años, la historia reciente de la Región de Coquimbo estuvo marcada por una palabra: sequía.

Los titulares hablaban de déficit de precipitaciones, embalses vacíos y escasez hídrica. La lluvia se transformó en una excepción y los inviernos dejaron de ser sinónimo de temporales.

El invierno de 2026 modificó esa conversación, no porque haya puesto fin a la crisis hídrica ni porque signifique que los años secos quedarán atrás.

Lo hizo porque recordó que el cambio climático no sólo puede expresarse mediante la ausencia de agua. También puede manifestarse a través de fenómenos capaces de concentrar, en apenas unos días, precipitaciones que antes se distribuían durante semanas o incluso meses.

Esa es, probablemente, la principal enseñanza que deja este megaevento. Los registros históricos seguirán siendo motivo de estudio, los modelos continuarán perfeccionándose.

Y los científicos seguirán intentando responder preguntas que hace apenas unas semanas parecían impensadas para la Región de Coquimbo, pero más allá de los récords, los milímetros acumulados y las explicaciones atmosféricas, el histórico temporal dejó una certeza difícil de ignorar.

El clima del Norte Chico está escribiendo un nuevo capítulo de su historia y comprenderlo ya no es sólo una tarea de la ciencia, es un desafío para toda la sociedad.

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