Viviana Larrondo, una voz regional que convierte la oscuridad en literatura

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Viviana Larrondo, una voz regional que convierte la oscuridad en literatura

La mayoría de los poemas que integran Gárgolas de Sal fueron escritos mucho antes de que Viviana Larrondo pensara en publicar un libro. Durante años permanecieron guardados en cuadernos, archivos y carpetas personales, como parte de una conversación privada que sostenía consigo misma desde la adolescencia. Escribir era una necesidad antes que una aspiración literaria.

Aunque nació en Ovalle hace 45 años, ha sido en La Serena donde Viviana Larrondo ha tejido su historia personal y literaria. Mucho antes de escribir sus propios poemas, aprendió a habitar las palabras escuchando cuentos e historias familiares. Después llegaron los libros que su padre reunía semana a semana junto a diarios y revistas, lecturas que despertaron una curiosidad temprana por la literatura y que, en algunos casos, todavía conserva en su biblioteca como una memoria tangible de aquellos primeros descubrimientos.

“La escritura nace como un reflejo inevitable de la lectura”, dice en conversación con #EsHoy. “Pero la certeza de que la literatura ocuparía un lugar central en mi vida llegó cuando dejó de ser un refugio temporal y se convirtió en mi forma definitiva de habitar el mundo”.

Profesora de Castellano y Filosofía, conductora de programas literarios en la plataforma cultural Verso, editora, gestora cultural y madre, Larrondo pertenece a una generación de autores regionales que ha construido su trayectoria lejos de los circuitos tradicionales de Santiago. Desde allí ha desarrollado una voz poética marcada por atmósferas oscuras, la exploración de lo femenino y una permanente tensión entre la belleza y el desasosiego.

La poesía se convirtió en mi manera de traducir el entorno físico y emocional, y también en la única forma posible de resistir y vivir”, confiesa.

El libro que no estaba destinado a existir

La historia de Gárgolas de Sal comenzó casi por accidente. Durante décadas, Larrondo escribió sin intención de publicar. Sus textos funcionaban como un espacio de exploración personal, una forma de procesar experiencias, emociones y preguntas que no encontraban otro cauce.

Todo cambió cuando la editora Patricia Vega, de Marsalado Ediciones, leyó parte de ese material inédito y decidió apostar por él.

“Siempre escribí como una forma de catarsis, pero jamás lo hice con la intención de publicar. De hecho, la mayoría de los textos publicados nunca los había compartido, eran inéditos”.

El resultado es un poemario que reúne distintas etapas de una escritura desarrollada durante más de veinte años. Allí convergen influencias tan diversas como la música, el cine, la naturaleza, las relaciones humanas y la experiencia universitaria. Esa amplitud temporal explica también la diversidad de voces que atraviesan el libro.

“No hay una sola identidad hablando”, explica. “Es una especie de polifonía femenina. Son mujeres que transitan distintos momentos históricos y vitales”.

El título tampoco es casual. Las gárgolas, tradicionalmente asociadas a la protección de los templos, funcionan aquí como una metáfora de la permanencia de la palabra frente al paso del tiempo.

Escribir desde el insomnio

A diferencia de otros autores que defienden rutinas estrictas y horarios inquebrantables, Larrondo reconoce que su relación con la escritura es mucho más caótica.

“No tengo un método”, admite entre risas. “Soy una persona multifocal. Debo ser mamá, profesora, editora, gestora cultural y conductora de programas literarios. En mi tiempo libre existo y a veces escribo”.

Por eso, su proceso creativo suele desarrollarse en los márgenes del día, especialmente durante la noche. Las ideas aparecen como imágenes, sensaciones, fragmentos musicales o inquietudes difíciles de ignorar. Después llega la escritura, impulsiva y visceral.

“No respondo a horarios fijos, sino a impulsos, momentos y obsesiones que insisten durante el insomnio”.

La corrección ocurre más tarde. Necesita distancia para volver sobre los textos y descubrir si realmente contienen aquello que intentaban decir. “Con el tiempo puedo evaluar si la estructura sostiene el peso de la emoción o si necesita ajustes”.

El claroscuro femenino

Definir una voz poética siempre resulta complejo, pero hay ciertos territorios que aparecen una y otra vez en la obra de Larrondo.

Cuando la poeta Teresa Calderón leyó los textos de Gárgolas de Sal para escribir el prólogo, le aseguró que allí existía una voz reconocible. La autora, sin embargo, sigue observándose desde la duda.

“Creo que mi escritura es bastante atmosférica”, dice. “Me interesa crear mundos densos, sensoriales, donde el cuerpo y el entorno tengan el peso de la experiencia viva”.

En esos paisajes aparecen temas recurrentes: el deseo, el amor, la memoria, el silencio, la muerte y el insomnio. Ella lo define como un “claroscuro femenino, un espacio donde conviven la pasiones humanas, el erotismo y una sutil oscuridad que no teme mirar los abismos. También están presentes los tópicos de lo nocturno y el insomnio como espacios de revelación y lucidez, que dialogan de buena manera con el eros, el amor, la muerte, el silencio y la memoria”.

“No me interesa acomodarme a tendencias o estilos de moda”, afirma. “Lo clásico, lo romántico y lo gótico son territorios donde me siento cómoda”.

La literatura más allá de Mistral

Hablar de literatura en la Región de Coquimbo implica inevitablemente referirse a Gabriela Mistral. Para Larrondo, la influencia de la Premio Nobel sigue siendo fundamental, aunque la producción contemporánea ha conseguido ampliar ese horizonte.

“Existe una identidad literaria regional muy potente”, sostiene. “Pero también hay escritores que están explorando temas completamente distintos”.

Menciona obras vinculadas a la marginalidad, la resistencia cultural, la vida urbana y los conflictos contemporáneos. Una producción diversa que, a su juicio, no siempre recibe la visibilidad que merece.

Durante los últimos años, reconoce, han surgido nuevas editoriales independientes, ferias y espacios culturales que han contribuido a descentralizar la actividad literaria.

Sin embargo, considera que el avance sigue siendo insuficiente. “Hay demasiadas personas escribiendo y publicando y las plataformas actuales no dan cabida a nuevas voces o estilos. Por ejemplo en las ferias de libro realizadas durante el verano, se siguió priorizando a figuras más comerciales. Los cupos para creadores regionales son acotados o reiterativos, difíciles de conseguir y casi siempre cada autor busca su propio espacio, no hay invitaciones abiertas o convocatorias para darse a conocer».

El problema sigue siendo el centralismo

Si existe una palabra que resume las dificultades de hacer carrera literaria desde regiones, para Larrondo esa palabra es centralismo.

Publicar lejos de Santiago implica enfrentar mayores costos, menos posibilidades de difusión y un acceso restringido a las redes que articulan gran parte del ecosistema cultural chileno. “La crítica, los medios y los espacios de circulación siguen concentrados en la capital”, señala.

Por eso insiste en la necesidad de fortalecer iniciativas locales y generar instancias permanentes de encuentro entre autores y comunidades. “La producción literaria regional es enorme y de gran calidad. Lo que falta es difusión”.

Parte de ese trabajo intenta desarrollarlo desde Verso, la plataforma cultural donde conduce programas dedicados a la literatura y la actividad editorial.

Una generación que sigue escribiendo

Lejos de los diagnósticos pesimistas sobre la lectura, Larrondo observa señales alentadoras en los jóvenes. “He participado en colegios, universidades y actividades abiertas, y siempre encuentro interés genuino por leer, escribir y conversar con autores”, asegura.

Como docente, identifica nuevas formas de acercamiento a la palabra. El freestyle, los fanzines y las expresiones híbridas aparecen como espacios donde la literatura sigue viva. “La literatura no ha muerto en ellos; solo ha mudado de piel y busca canales más inmediatos y colectivos”.

La resistencia de la poesía

En una época dominada por la velocidad y la sobreabundancia de información, la autora cree que la poesía mantiene intacta su capacidad de intervención social.

“Ya no habla desde el púlpito del intelectual, sino desde una resistencia más marginal”, reflexiona. “Su fuerza está en desacelerar el lenguaje, obligarnos a pensar el reverso de las cosas y nombrar aquello que el poder o el mercado prefieren ignorar”.

Un momento de expansión creativa

Actualmente, Larrondo atraviesa uno de los momentos más productivos de su trayectoria.

Trabaja en un nuevo poemario financiado por una beca de creación Fondart centrado en la feminidad, la historia y la mitología. Paralelamente prepara la publicación de Anatomía del desvelo junto a Editorial Wayruro y evalúa reeditar la plaquette Oscuridades y otros fuegos.

También ha comenzado a explorar otros géneros. Recientemente publicó un cuento de terror gore en una antología internacional y continúa experimentando con narrativas que hasta hace algunos años no se habría atrevido a desarrollar. “Estoy probando caminos nuevos”, reconoce.

La búsqueda, sin embargo, sigue siendo la misma que comenzó cuando era adolescente y escribía para entenderse a sí misma. Más allá de becas, publicaciones o reconocimientos, asegura que la escritura continúa siendo una necesidad antes que una meta.

“Mi interés es sostener un diálogo honesto con mi propio lenguaje”, dice. “Publicar es importante, por supuesto, pero escribir seguirá siendo mi manera de habitar el mundo, incluso si nadie llega a leer lo que escribo”.

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