La salsa vive un momento de auge en la Región de Coquimbo. Academias llenas, talleres comunitarios y eventos que convocan a públicos cada vez más diversos dan cuenta de un fenómeno que trasciende lo artístico. Aprender a bailar se ha transformado en una puerta de entrada a nuevas redes sociales y a una forma distinta de habitar el tiempo libre.
Para la profesora de salsa Ana Vergara, quien lleva más de 15 años enseñando, el cambio ha sido evidente. “Hoy llegan muchas más personas, especialmente mayores de 30 años, que parten desde cero. No buscan ser bailarines perfectos, sino sentirse mejor, desconectarse y conocer gente”, explica a #EsHoy. Según su experiencia, el perfil del alumno ha mutado: menos enfocado en la técnica y más en la experiencia emocional. “La salsa se ha transformado en una mezcla de baile y terapia social”, agrega.
Ese carácter integrador es clave para entender su crecimiento. A diferencia de otras disciplinas más estructuradas, la salsa implica interacción constante. “No es solo aprender pasos, es aprender a comunicarse sin palabras”, dice Vergara. Y en ese proceso, los miedos iniciales, como no tener ritmo o la incomodidad del contacto físico, suelen disiparse rápidamente.
Un ritmo que se contagia
Desde el ámbito de la producción, el diagnóstico es similar. Juan Yáñez, más conocido en la escena como “Juanito Lehaim”, músico y gestor con más de dos décadas de trayectoria, confirma el aumento sostenido en la convocatoria a eventos. “Ha crecido considerablemente la cantidad de personas que quieren conocer este ambiente. Las academias han sido clave, porque atraen a gente que luego se suma a este movimiento”, señala.
Lo que ocurre en las pistas también refleja un cambio cultural más amplio. La salsa, dice Yáñez, funciona como un espacio de encuentro transversal: “Hay desde niños hasta adultos mayores. Es muy sociable, es casi ir a socializar bailando”. A esto se suma la influencia de comunidades migrantes, colombianas, venezolanas, cubanas, que han enriquecido la escena local, aportando autenticidad y diversidad musical.
En ese contexto, los eventos se han convertido en verdaderos puntos de encuentro. “No solo se baila, se construye comunidad. Conoces gente de distintos rubros, se arma un ambiente muy integrador”, relata el productor en conversación con nuestro medio.
Bailar para conectar: historias desde la pista
Para quienes se inician, la experiencia suele ser transformadora. Mathias Rojas, músico de 37 años, comenzó clases motivado por su amor por la música, pero encontró algo más. “Ha sido un espacio para desconectarme, para compartir con mi pareja y generar vínculos. Incluso ha cambiado mi forma de ver la música”, enfatiza.
Además, expresa con orgullo que su hija de 12 años se ha sumado a este movimiento. “Aunque es pequeña, se lo ha tomado muy en serio y me llena de orgullo, porque de alguna manera hemos influido en su forma de entender el arte”.
Su experiencia refleja algo que se repite entre los alumnos: la salsa no solo se aprende, se vive. “Es un desafío constante, un mundo que no tiene fin”, comenta Rojasy agrega que “Siempre agradezco tener una excelente profesora, como Ana Vergara, que más allá del baile nos enseña a querernos, a fomentar el autocuidado y el compañerismo. En definitiva, es un espacio muy enriquecedor del que espero seguir aprendiendo”.
En paralelo, también existe un camino autodidacta. Francisca Zúñiga, quien comenzó organizando talleres comunitarios, terminó involucrándose desde la observación y la práctica informal. “La salsa es un espacio seguro. Todos aprenden y enseñan, no importa si sabes o no. Eso hace que te enganches”, afirma.
Ese cruce entre bienestar y sociabilidad explica en parte su popularidad. En un contexto donde el ocio suele estar mediado por pantallas, la salsa ofrece una experiencia física, colectiva y presente. No exige experiencia previa ni condiciones específicas, solo disposición a equivocarse y aprender.
Zúñiga también destaca sus beneficios cognitivos y emocionales: “Trabaja la coordinación, estimula el cerebro y ayuda a desconectarse del estrés. A largo plazo, incluso, puede contribuir a la salud mental y al fortalecimiento de vínculos sociales”.
En la Región de Coquimbo, esa fórmula ha encontrado terreno fértil. Festivales, como los impulsados por Juanito Lehaim, y espacios como las noches salseras en bares locales, han consolidado una escena que sigue creciendo. Lo que comenzó como una actividad recreativa hoy se perfila como un estilo de vida para muchos.


