Un sábado al mes, en una mesa de café de Coquimbo o La Serena, un grupo de personas se sienta a conversar sobre un libro. Pero pronto la conversación se desplaza: aparecen recuerdos, preguntas, desacuerdos, risas y confesiones. La lectura es la excusa; el encuentro, el verdadero ritual. Así funciona ¿Acaso club de lectura?, una iniciativa autogestionada que desde hace tres años ha convertido la experiencia de leer en un espacio de comunidad, diálogo y afecto.
La historia del club comienza con una pregunta lanzada casi al azar: “¿Acaso haremos esto?”. Esa frase, compartida en redes sociales, terminó convirtiéndose en el nombre de un proyecto que hoy reúne a once personas y que, mes a mes, convoca a lectoras y lectores a reunirse para comentar un libro y, de paso, hablar de la vida.
Detrás de la iniciativa está Hury Schwenn, periodista de 37 años, quien en plena pandemia decidió compartir públicamente su deseo de leer en compañía. “Quería compartir la experiencia de leer con otras personas, comentar los libros y enriquecer la mirada personal a partir de distintas visiones”, explica a #EsHoy. Subió una convocatoria a sus historias de Instagram sin grandes expectativas. Respondieron algunas personas, armó un grupo de WhatsApp y fijaron la primera reunión. El resto, dice, “vino solo”.
Hoy, el club se reúne una vez al mes, generalmente los sábados por la mañana, en el Café Botánico de La Serena, aunque a veces cambian de ciudad o espacio. Cada integrante llega con una propuesta de lectura; luego votan y el libro elegido se convierte en el hilo conductor del mes siguiente. No hay cuotas, ni jerarquías, ni un programa rígido: solo la constancia de volver a encontrarse.
Leer fuera de la zona de confort
El catálogo del club es deliberadamente heterogéneo. Han pasado por clásicos como Cumbres Borrascosas, novelas gráficas como Persépolis, literatura chilena, ciencia ficción, ensayos y narrativa contemporánea. No siguen modas editoriales ni listas de bestsellers. “La idea es que el club nos empuje a abrir la mente respecto de lo que elegimos leer y salir un poquito de la zona de confort lectora”, comenta Schwenn.
Cada participante lee por su cuenta, en su propio tiempo y formato. Algunos prefieren el papel, otros el libro digital. Pero el momento clave ocurre cuando se encuentran: el libro deja de ser una experiencia íntima y se convierte en una construcción colectiva.
Las conversaciones no siguen un guion. A veces se analizan capítulos o personajes; otras, los temas centrales; muchas veces, la ficción sirve de puente hacia la experiencia personal. “En un comienzo yo llegaba con una tabla ordenada, pero me di cuenta de que dejar que la conversación fluyera era más enriquecedor. Me preocupo de que hablen todos, que todos tengan tiempo para decir lo que piensan y opinar”, cuenta Hury, quien ejerce un rol de moderación más intuitivo que formal.
Otras miradas, otros mundos
Para Paula Peralta, profesora de Castellano y Filosofía, sumarse al club fue una forma de romper con los circuitos cerrados de recomendación literaria. “Llegué por una convocatoria que hizo Hury en Instagram. Tenía ganas de compartir mis impresiones de lectura con otras personas y salir de la cámara de eco de las redes sociales, donde siempre se recomendaban los mismos libros”, relata.
Lo que la hizo quedarse fue la diversidad. “Leer libros que quizás nunca hubiera escogido, conocer nuevas perspectivas y también generar amistades. En la adultez eso no es tan fácil”, dice.
Paula describe el ambiente del club como “muy ameno y acogedor”, algo que atribuye a la diversidad etaria, profesional y de intereses del grupo. Leer en comunidad transforma la experiencia, asegura: “Compartir las impresiones es tremendamente enriquecedor y liberador. Un libro abre puertas para hablar del contexto histórico, de nuestras vidas, sueños y miedos, de temas universales, todo mezclado con teoría literaria”.
Un espacio sin jerarquías ni requisitos
El club no tiene requisitos de edad ni costo de participación. La única condición es el compromiso y el respeto. Cada persona asume el costo del libro y del consumo en la cafetería, pero no existe una cuota de membresía ni un filtro de entrada.
“Al ser un espacio gratuito y diverso, las conversaciones son muy honestas. Se puede decir tranquilamente ‘no me gustó el libro’, aunque sea un bestseller, y explicar por qué”, señala Paula. Esa libertad crítica, dice, es clave para que el diálogo sea genuino y no una repetición de discursos preestablecidos.
Con el tiempo, el grupo se ha convertido en algo más que un club de lectura. “Antes de hablar del libro nos ponemos al día con nuestras vidas”, cuenta Paula. “Hemos compartido duelos, separaciones, alegrías, embarazos, cambios de ciudad y de trabajo. Nos apoyamos y emocionamos en cada encuentro”.
En un contexto donde muchas relaciones adultas son funcionales o mediadas por lo digital, el club ha construido una comunidad presencial, lenta y deliberada, en torno a la palabra escrita y la conversación.
Crecer sin perder la intimidad
El éxito del proyecto ha generado nuevos desafíos. Cada vez más personas preguntan cómo sumarse, pero el grupo ha optado por mantener un tamaño reducido para preservar la calidad del diálogo. Hoy, Hury evalúa abrir un segundo club, con cupos limitados y una pequeña cuota de inscripción, para responder al interés sin perder el espíritu original.
“La idea es aplicar todo lo aprendido en estos tres años y, a largo plazo, incluso soñar con un espacio propio”, comenta. Un lugar donde leer, conversar, hacer talleres y encuentros culturales.
Mientras tanto, ¿Acaso club de lectura? continúa reuniéndose una vez al mes, con la simple promesa de sentarse a conversar sobre un libro y, sin darse cuenta, sobre la vida. En tiempos de consumo rápido y conversaciones fragmentadas, ese gesto —leer juntos, escucharse, disentir con respeto— se ha convertido en un pequeño acto de resistencia cultural.


