Bajo el sello independiente Rotten Monkey, el dibujante y periodista serenense Rodán Castro presenta Los Perdedores, una obra que aborda las cicatrices de la salud mental desde la experiencia juvenil, el territorio y la memoria.
En el ecosistema creativo de la Región de Coquimbo, el nombre de Castro ha comenzado a resonar con fuerza entre quienes utilizan la ilustración como una forma de exploración personal y crítica social. Periodista titulado en la Universidad de La Serena y diseñador gráfico, el autor desarrolla su trabajo desde 2016 bajo el pseudónimo Rotten Monkey, una identidad que le ha permitido construir una marca reconocible en redes sociales y, al mismo tiempo, separar su vida personal de una obra marcada por el humor absurdo, las tensiones de la adultez y una reflexión constante sobre la salud mental.
Su más reciente publicación no es solo un ejercicio de ficción. Los Perdedores funciona también como un retrato de la experiencia urbana regional y como una observación crítica sobre la forma en que las instituciones han enfrentado —o eludido— las crisis que atraviesan a niños, niñas y jóvenes.
La historia se sitúa en 2008 y sigue a Eduardo y Carlos, dos amigos que enfrentan la pérdida de un compañero de colegio tras un episodio de violencia escolar. Años más tarde, ya adultos, ambos revisitan esas experiencias mientras intentan comprender cómo el maltrato vivido en la infancia dejó marcas profundas en su manera de habitar el mundo.
Dibujar para entender lo que duele
El camino hacia la versión final del libro comenzó en 2019, en un periodo en que Castro ya utilizaba la narrativa gráfica como una herramienta de introspección. Para el autor, escribir e ilustrar es una forma de procesar realidades complejas que a menudo resultan difíciles de abordar desde el lenguaje tradicional.
En el caso de Los Perdedores, el proyecto se transformó en un refugio durante una etapa personal crítica: el cierre abrupto de su vida universitaria, atravesado por un cuadro depresivo, y la irrupción de la pandemia. “Estaba pensando en la idea de cosas que se van y no regresan nunca más, y la infancia es una de esas cosas”, explica.
Esa reflexión encontró eco en lectores que reconocieron experiencias similares de violencia o pérdidas tempranas. Algunos le comentaron que ciertos episodios “quemaron” sus etapas vitales. Frente a eso, Castro plantea que su intención no es quedarse solo en la nostalgia escolar. “Me gustaría que la gente que lo lee piense más allá de esa etapa, y reflexione sobre cómo lidiamos con la pérdida en general”, señala.
A diferencia de gran parte de la producción nacional, Los Perdedores no se desplaza hacia Santiago. La historia se ancla deliberadamente en La Serena y sus alrededores. Barrios como El Bosque San Carlos, Peñuelas, Cuatro Esquinas y la Universidad de La Serena no funcionan solo como escenarios, sino como elementos narrativos que refuerzan una sensación persistente de aislamiento.
“Todos mis recuerdos de colegio están en tonos grises por el clima, y eso calzaba muy bien con la atmósfera del cómic”, comenta Castro, aludiendo a esa “eterna vaguada” que atraviesa la ciudad. Para él, situar la historia en la región era clave: el protagonista necesitaba un lugar del cual escapar, pero también uno al que inevitablemente debía regresar.
Según el autor, esa tensión es compartida por muchas personas que crecen en provincia. “Mucha gente se va a vivir a Santiago buscando escapar, ya sea por oportunidades laborales o porque los círculos sociales acá son más cerrados”, afirma. En las presentaciones del libro, esta experiencia ha sido uno de los puntos de mayor conexión con el público, que reconoce en la obra esa ambivalencia entre pertenencia y deseo de huida.
La pandemia intensificó ese vínculo entre espacio y emoción. Al no poder recorrer libremente la ciudad, Castro debió reconstruir La Serena desde la memoria y su archivo personal. “Era lo que tenía a mano: fotos antiguas y los pocos lugares a los que podía ir con salvoconducto”, recuerda. El resultado es una ciudad dibujada desde el encierro, que dialoga con el estado interno de los personajes.
El colegio como espacio de violencia silenciada
Uno de los ejes más duros del libro es el retrato del entorno escolar. Lejos de una visión idealizada de la adolescencia, Los Perdedores aborda la violencia entre pares, el duelo y el abandono institucional desde una mirada que combina sensibilidad artística y formación periodística.
Castro explica que el proceso creativo estuvo marcado por una preocupación constante por evitar el sensacionalismo. “Quería tratar estos temas con responsabilidad, sin morbo, pero sin edulcorar lo que muchos vivimos”, señala. La recepción del público local, dice, confirmó esa intuición. “Mucha gente me ha dicho que el colegio suele ser mucho más brutal de lo que se muestra en la televisión”.
A su juicio, su generación fue testigo directo de las consecuencias de un sistema que prestó escasa atención a la salud mental de niños y adolescentes. “El trato violento entre compañeros y la distancia de los adultos marcaron una época de la que recién estamos empezando a hablar”, afirma.
Pese a haber sido financiado por el Gobierno Regional, el libro no ha estado exento de obstáculos. Según el autor, aún persiste una resistencia institucional a abordar estas temáticas en los establecimientos educacionales. “Ha sido muy difícil que los colegios nos den espacio. Muchas directivas siguen viendo estos temas como algo incómodo, o creen que visibilizarlos es peligroso”, comenta.
La situación contrasta con la recepción que ha tenido entre estudiantes, quienes —en las pocas instancias en que el libro ha sido presentado en contextos educativos— han mostrado interés y disposición a conversar. Para Castro, esa diferencia evidencia una brecha generacional en la forma de enfrentar la salud mental.
Narrar desde la región
Mientras continúa desarrollando su comunidad en redes sociales bajo la cuenta @rottenmonkey_inc, Castro ya trabaja en dos nuevos proyectos editoriales para el próximo año. En paralelo, Los Perdedores seguirá su recorrido con una presentación programada para el 20 de febrero en la Feria del Libro de Ovalle.
Más allá de sus viñetas, el trabajo de Rotten Monkey se inscribe en una escena cultural regional que busca disputar los silencios y descentralizar los relatos. Al situar el dolor, la pérdida y la salud mental en paisajes reconocibles, la novela gráfica no solo cuenta una historia: propone una forma de mirar la ciudad y de reconocerse en ella.
En ese gesto, Los Perdedores deja de ser solo un cómic para convertirse en un espacio de encuentro. Uno donde las sombras también forman parte del paisaje y donde dibujar puede ser, a veces, la manera más honesta de empezar a nombrarlas.


