El 16 de octubre de 1973, en el Regimiento Arica de La Serena, un grupo de militares de la Caravana de la Muerte fusiló a 15 prisioneros políticos. Entre ellos estaba Jorge Peña Hen, un músico, compositor y educador que había dedicado su vida a transformar el acceso a la cultura y la enseñanza artística en Chile. Tenía 45 años. Medio siglo después, su nombre sigue vivo en las orquestas infantiles, en los conservatorios regionales y en la memoria de generaciones que crecieron gracias a su convicción: que la música no era privilegio, sino derecho.
El músico que quiso descentralizar la cultura
Jorge Washington Peña Hen nació el 16 de enero de 1928 en Santiago, hijo del doctor Tomás Peña Fernández y de la pianista Vitalia Hen Muñoz. Desde temprano, el arte fue parte de su vida: su abuelo, Daniel Hen, era violinista y reparador de pianos; su abuela, Irene Muñoz, también pianista. Esa herencia marcaría su destino. A los 14 años ingresó al Conservatorio Nacional de Música, donde fue alumno de maestros como Pedro Humberto Allende y Domingo Santa Cruz. Su talento lo llevó pronto a ocupar un rol protagónico en el ambiente musical universitario.
Pero no sería en la capital donde dejaría su huella más profunda. En 1950, con apenas 22 años, fundó la Sociedad Juan Sebastián Bach, una organización que buscaba llevar la música más allá de Santiago. Músicos del Conservatorio visitaban cárceles, hospitales y regimientos, ofreciendo conciertos donde nunca antes se había escuchado una orquesta. Esa vocación descentralizadora definiría toda su trayectoria.
Como recuerda el académico Miguel Castillo Didier, autor del libro Jorge Peña Hen (1928–1973): Músico, maestro y humanista mártir, el compositor fue el primero en pensar en un país donde el desarrollo musical no dependiera de Santiago. “Todo lo importante se hacía para Santiago. La primera persona que se propuso cambiar ese panorama fue el maestro Jorge Peña Hen”, señala en Universidad de Chile Podcast.
La revolución pedagógica en La Serena
En 1957, Peña Hen se radicó definitivamente en La Serena. Desde ahí impulsó una de las mayores transformaciones culturales de la región: la creación del Conservatorio Regional de la Universidad de Chile, la primera sede universitaria artística fuera de la capital. Bajo su dirección, el norte chico vivió un auge musical inédito. Surgieron la Orquesta de Cámara y el Coro Polifónico de la Sociedad Bach, luego la Orquesta Filarmónica de La Serena y, más tarde, la de Antofagasta.
Sin embargo, su obra más trascendental nacería en 1964: la Escuela Experimental de Música de La Serena. Inspirado por un ideal profundamente humanista, Peña Hen diseñó un modelo pedagógico que integraba la enseñanza musical en la educación básica. Los niños aprendían matemáticas, lenguaje o historia, pero también solfeo, teoría y práctica instrumental. Fue la primera escuela del país —y de Sudamérica— en incorporar orquestas infantiles permanentes.
El oboísta Guillermo Milla, ex alumno y hoy integrante de la Orquesta Sinfónica Nacional, recuerda el rigor y la pasión del maestro: “En las mañanas teníamos los ramos tradicionales y en las tardes clases de instrumento. No había casas de música, ni importaciones. Muchos profesores prestaban sus instrumentos, y cuando no alcanzaban, don Jorge y los carpinteros de la escuela comenzaron a fabricar violines”.
Esa creatividad marcó un antes y un después. Niños de familias modestas tuvieron por primera vez acceso a una educación artística de excelencia. Algunos se convertirían en músicos profesionales; otros, simplemente en ciudadanos más sensibles. “Él siempre dijo que la música hace mejor al hombre”, señala Castillo Didier. “Aunque los niños no fueran músicos, llevarían en su interior una semilla de humanismo”.
La orquesta de los niños y el sueño exportado
Con el tiempo, la Escuela Experimental formó la primera Orquesta Sinfónica Infantil de Chile, que realizó giras por Argentina, Perú y Cuba. Peña Hen veía en esos conciertos algo más que una muestra artística: era la prueba viva de que un país distinto era posible, uno que educara desde la belleza y la disciplina.
“Ya hemos salido de la etapa de la simple aventura”, dijo en 1970 durante una gira en Lima. “Estas son cosas muy lindas”, agregó con la emoción de quien había visto a sus estudiantes triunfar fuera de Chile. Su discurso en el Teatro del Liceo de Niñas de La Serena, en 1967, resumió su convicción: “El país completo reconoce esto como el planteamiento verdadero para abordar el problema musical del siglo”.
El silencio forzado
Tras el golpe militar de 1973, la vida del maestro cambió abruptamente. Fue detenido el 19 de septiembre en su casa de La Serena. Su militancia socialista y su visita a Cuba fueron usadas como excusa para acusarlo de extremista. Pasó varios días incomunicado. En prisión, escribió su última partitura en un papel de cigarrillos, usando fósforos quemados como tinta. Un gesto final de resistencia y de amor por la música.
El 16 de octubre fue fusilado junto a otros 14 prisioneros políticos por la Caravana de la Muerte. Su cuerpo permaneció desaparecido por 25 años, hasta que fue hallado en una fosa común del Cementerio General de La Serena en 1998. En el mismo regimiento donde solía dirigir conciertos, se apagó una de las voces más luminosas de la educación chilena.
El eco de una vida
Peña Hen sacrificó su carrera como compositor por su vocación pedagógica. “Fue un gran director, instrumentista y compositor, pero renunció a su carrera artística para dedicarse a los niños más modestos”, subraya Castillo Didier. Esa decisión lo convirtió en un símbolo: el artista que entendió la música como un acto de justicia social.
Su legado no terminó con su muerte. Su esposa, la pianista Nella Camarda; su hermana Silvia Peña Hen; y sus hijos Juan Cristián y María Fedora continuaron difundiendo su obra. Hoy, decenas de orquestas escolares y juveniles llevan su nombre. Cada niño que levanta un violín en una escuela pública, cada concierto en un barrio o comuna alejada, es también un homenaje silencioso al maestro.
Como solía decir Peña Hen, imaginar una pirámide con cien niños aprendiendo música era imaginar cien familias transformadas. En su visión, el arte era una herramienta de equidad, no de élite. Por eso, a 52 años de su asesinato, su vida sigue siendo más que una historia: es una lección sobre lo que significa educar desde la esperanza.
En cada nota que resuena en las orquestas infantiles de Chile, aún suena la voz de Jorge Peña Hen. Un hombre que soñó con democratizar la música, y que, aunque lo silenciaron, nunca dejó de ser escuchado.


