De la incomodidad al disfrute: el cambio cultural de hacer cosas solo

Facebook
WhatsApp
X

De la incomodidad al disfrute: el cambio cultural de hacer cosas solo

Por años, hacer planes en solitario fue visto como una señal de soledad no deseada. Sentarse en un restaurante sin compañía, viajar sin pareja o ir al cine solo eran, para algunos, escenas cargadas de incomodidad o incluso de juicio social. Sin embargo, esa mirada parece estar cambiando.

Hoy, cada vez más personas están resignificando esos espacios, transformándolos en experiencias de autonomía y disfrute personal. Un fenómeno que también dialoga con una realidad más compleja, según el último Termómetro de la Salud Mental en Chile realizado por la ACHS y la Universidad Católica en 2025, un 19% de la población reporta altos niveles de soledad, cifra que aumenta a 21,7% en mujeres y alcanza su punto más alto en personas entre 30 y 39 años, donde llega a un 26,6%.

En ese contexto, la pregunta ya no es solo por la soledad como problema, sino también por la capacidad de habitarla de manera positiva.

La barrera inicial: el prejuicio propio

Para Sandra Riquelme (54), funcionaria pública de La Serena, el proceso no fue inmediato. Tras separarse y ver a sus hijos dejar el hogar, enfrentó un cambio radical en su rutina. “No fue de un día para otro, de alguna forma me vi obligada a aprender a disfrutar de este espacio que ahora era solo mío y no encerrarme o depender de otras personas para hacer actividades”, cuenta a #EsHoy.

Al principio, reconoce, hubo resistencia. No tanto por lo que otros pudieran decir, sino por una barrera interna difícil de identificar. “Uno se cuestiona: ‘¿qué van a pensar si me ven sentada sola en un restaurante?’ Pero con el tiempo entendí que ese juicio no es social, es propio. Es una limitación que uno mismo se pone”.

Ese cambio de perspectiva le permitió abrir nuevas experiencias. Hoy disfruta actividades que antes evitaba: almorzar sola en un restaurante, ir al cine sin compañía o salir a andar en bicicleta a su propio ritmo. “Hay algo muy liberador en no depender del tiempo ni de los gustos de otros. Puedes elegir todo: lo que comes, lo que ves, a qué hora sales, cuánto te quedas”.

Pero su reflexión va más allá de la autonomía. Para ella, la soledad también es un espacio de equilibrio emocional. “Te permite conocerte, disfrutarte. Pero también hay que tener cuidado: es tan cómoda que uno podría aislarse. Por eso es importante equilibrar, no perder el vínculo con otros”.

Y aunque hoy lo vive con naturalidad, insiste en que el paso inicial es el más difícil. “Cuando lo haces por primera vez, te das cuenta de que no pasa nada. Al contrario, es enriquecedor. Te das cuenta de que no necesitas a alguien para darte esos espacios”.

Vivir sin aplazar los propios planes

Para Lorena Aranda (34), periodista de La Serena, el punto de quiebre fue claro: dejar de postergar experiencias. “Llegué a un momento en que las personas con las que podía viajar simplemente no podían hacerlo, mientras que yo sí tenía la posibilidad. Entonces entendí que no podía seguir limitándome por la ausencia de otros. Yo quería conocer, y además lo veía como una inversión en mi salud mental”, comenta en conversación con nuestro medio.

Lorena encontró en los viajes aquello que más disfruta, y tras esa primera experiencia decidió seguir recorriendo el mundo a su propio ritmo, sin depender de nadie. “Me costó atreverme, pero entendí que no podía permitir que mis sueños fueran más pequeños que mis miedos”, menciona. Con el tiempo, agrega, su relación con la soledad ha ido cambiando: hoy la reconoce como una parte natural del camino.

Desde entonces, su lógica cambió: la compañía dejó de ser una condición para hacer planes. “Hoy no es que prefiera estar sola, pero si no hay nadie disponible, no dejo de hacer lo que quiero. No lo postergo más”.

Sin embargo, Aranda reconoce que todavía existen ciertos cuestionamientos, especialmente hacia las mujeres. “Aún aparece ese comentario de ‘¿cómo una mujer va a viajar sola?’. Más que miedo real, es una incomodidad de tener que responder a esos prejuicios”.

Aun así, su experiencia ha sido mayoritariamente positiva. “Curiosamente, en los viajes me he encontrado con muchas mujeres que viajan solas, incluso personas mayores, que dicen ‘ojalá hubiera empezado antes’. Eso te hace darte cuenta de que es más común de lo que parece”, confiesa la periodista.

Y su conclusión es directa: “La vida es un ratito. Si tienes un sueño y no hay nadie que te acompañe, igual hazlo. Que los miedos no sean más grandes que las ganas”.

Soledad como espacio de bienestar

Giselle Reyes (39), ingeniera agrónoma, describe la soledad como un proceso más introspectivo. Para ella, no se trata solo de independencia, sino de conexión personal. “Son espacios en los que bajo las revoluciones, donde puedo estar conmigo misma a mis propios tiempos e intensidad. Además, no dejo de hacer cosas que me gustan solo porque otros no quieran ir”, explica.

Viajar sola y caminar, ya sea en la ciudad o en la naturaleza, son sus principales formas de habitar ese espacio. “Me gusta mucho porque son momentos de pensar, observar, de introspección”.

Pero su relación con la soledad no siempre fue cómoda. “Estar sola también te enfrenta contigo misma, con tus luces y tus sombras, y muchas veces esas sombras incomodan. Pero, una vez que cruzas esa barrera y logras verte tal cual eres, te das cuenta de que cada momento puede disfrutarse, ya sea a solas o acompañada. Ahí todo cambia: comienzas a vivirlo como es, sin juicios ni incomodidades”, reflexiona Reyes.

Desde su experiencia, el impacto en el bienestar emocional es evidente. “Me recargo con mi propia energía; es como resetearme, soltar lo que molesta y seguir con lo que me gusta”, confiesa.

Además, Giselle percibe un cambio en el entorno. “Antes, ver a alguien solo era como: ‘oh, pobre, no tiene con quién estar’. Pero en el último tiempo veo a más personas haciendo cosas por su cuenta. Creo que, en ciudades como La Serena – Coquimbo donde la playa está cerca, eso se facilita, ya que la gente sale a caminar, andar en bicicleta o en patines, o simplemente se sienta a leer o escuchar música frente al mar”, observa.

Su mensaje final apunta a dejar atrás la espera. “No tengan miedo de hacer cosas solos. Disfruten cada momento y cada experiencia que quieran vivir; no esperen a que alguien diga que sí para ir a un lugar o hacer una actividad”, concluye.

El cambio, aunque gradual, ya es visible. La soledad en espacios públicos empieza a perder su carga negativa, mientras crece la valoración por la autonomía personal. En ese tránsito, hacer cosas solo deja de ser una excepción para convertirse, poco a poco, en una forma legítima, y cada vez más común, de vivir la ciudad.

Compartir:

Relacionados: