En distintas ciudades de la Región de Coquimbo, muros que antes estaban vacíos o deteriorados hoy se han transformado en grandes lienzos urbanos. Personajes, paisajes, escenas cotidianas y símbolos del territorio comienzan a aparecer en poblaciones, plazas y edificios públicos, dando forma a una escena de muralismo que poco a poco cambia la cara de los barrios y también la relación que las comunidades tienen con esos espacios.
Para Carlos Álvarez Flores, conocido en el mundo del arte urbano como Karpin, el muralismo es una forma de narrar el territorio desde sus propias historias. El artista ovallino lleva cerca de 17 años pintando y, aunque su formación profesional es como analista químico, hoy combina su trabajo artístico con labores educativas vinculadas al muralismo.
“Mi interés por el muralismo nace mediante un desafío de buscar otros desafíos artísticos de gran formato, con el tiempo entendí que el muro es un espacio muy potente para comunicar ideas, historias o mejorar el entorno para el transeúnte”, comenta a #EsHoy.
El muro como relato del territorio
En el trabajo de Karpin, cada mural parte desde la observación del lugar donde se va a intervenir: “Cuando enfrento un muro en blanco, lo primero que intento hacer es entender el lugar. Observar el barrio, conversar con vecinos, ver qué historias hay ahí. El diseño nace desde el contexto del espacio”, señala.
A partir de ese proceso, muchas de sus obras integran elementos que forman parte del paisaje cultural de la región: “Cuando diseño un mural trato de rescatar algunos elementos como el paisaje del valle del Limarí, los oficios tradicionales o figuras que han marcado la historia local. De esa manera el mural se transforma en una especie de relato visual del territorio”, explica.
Ese vínculo con la identidad también se fortalece cuando la comunidad participa directamente en el proceso: “Siempre que es posible intento que la comunidad participe en el proceso. A veces a través de conversaciones previas para recoger ideas, y en otras ocasiones directamente pintando algunas partes del mural”, comenta.
Cuando eso ocurre, el resultado suele ir más allá de lo visual, asegura Álvarez. “Esa participación genera un sentido de pertenencia muy fuerte. Cuando alguien ayuda a pintar o aporta una idea, el mural deja de ser solo del artista y pasa a ser de la comunidad”, sostiene.
Espacios que cambian
Uno de los efectos más visibles del muralismo es la transformación de los espacios públicos. No solo desde lo estético, sino también en la forma en que las personas se relacionan con esos lugares.
Según Álvarez, cuando un mural aparece en un barrio, muchas veces los vecinos comienzan a apropiarse de ese espacio de otra manera: “He visto que los vecinos comienzan a cuidar más el espacio, se sienten orgullosos de tener algo que los representa y muchas veces el mural se convierte en un punto de referencia o encuentro”, agrega.
También hay momentos en que la reacción de quienes observan el mural sorprende al propio artista: “Me ha pasado que personas se emocionan al ver representados elementos de su historia o de su infancia”, cuenta.
Más que graffiti
Dentro del arte urbano, una de las distinciones que los propios artistas suelen hacer es entre el graffiti tradicional y el muralismo. Aunque comparten materiales, técnicas y espacios, la intención detrás de cada práctica puede ser muy distinta.
El muralista serenense Matías Palominos Alarcón lleva gran parte de su vida ligado al dibujo y al trabajo creativo. Diseñador gráfico de profesión, comenzó a dibujar desde niño y con los años desarrolló una carrera independiente ligada al arte urbano y a distintos proyectos culturales.
En su trabajo, Palominos mezcla diferentes lenguajes visuales, personajes y metáforas que nacen desde su propia experiencia en la región. Su imaginario suele integrar elementos ficticios o simbólicos que dialogan con realidades sociales que observa en el territorio.
Desde su perspectiva, una de las principales confusiones en torno al arte urbano tiene que ver con la diferencia entre graffiti y muralismo. Aunque ambos comparten herramientas como la pintura en spray, responden a procesos distintos.
En el caso del grafiti, dice, muchas veces se trata de una acción espontánea, ligada a la expresión personal del artista. El muralismo, en cambio, suele involucrar investigación previa, planificación y un diálogo con el entorno donde se instala la obra.
“El grafiti como tal no tiene que tener realmente un significado (…) en las letras se está creando todo el rato un universo de tipografías diferentes que no vienen desde una regla tipográfica como tal”, explica.
El mural, en cambio, suele construirse a partir de una narrativa más amplia. Puede integrar historias del lugar, problemáticas sociales o elementos culturales del territorio. “Lo otro, que sería un mural con trabajo, con investigación técnica, eso ya tiene que ver con un trabajo más extenso”, agrega.
Pintar desde la experiencia
En el caso de Palominos, su trabajo artístico está profundamente vinculado con su propia trayectoria personal y con lo que ha vivido en la región. Gran parte de sus personajes y metáforas nacen de experiencias acumuladas a lo largo de los años, tanto dentro como fuera del ámbito artístico.
“Todo mi trabajo está basado en mis vivencias de acá, de la región, en Las Compañías, todo lo que absorbí en el camino, en la vida”, comenta.
Esa mezcla de experiencias se traduce en una obra que, aunque muchas veces no muestra de forma literal elementos del territorio, sí se construye a partir de referencias simbólicas ligadas a la región.
Para el muralista, pintar también es una forma de diálogo con el espacio público y con quienes lo transitan a diario. “Cuando uno pinta en la calle, la gente se acerca, pregunta, conversa. Antes pasaba más que te miraban raro, pero ahora hay más interés en entender lo que uno está haciendo”, comenta.
Ese cambio de percepción también lo ha visto a lo largo de los años que lleva dedicado a esta disciplina. Palominos asegura que cada vez existe mayor apertura hacia el muralismo y el grafiti como expresiones culturales.
“Antiguamente existía más resistencia al graffiti o al mural, porque realmente la gente lo que no entiende, lo rechaza, pero actualmente existe otra visión también de esto, más abierta”, dice.
Una ciudad que se pinta a sí misma
Para ambos artistas, el crecimiento del muralismo en la Región de Coquimbo también refleja algo más profundo: una forma de identidad que empieza a aparecer en los muros de las ciudades.
Desde Ovalle, Karpin ha visto cómo cada vez más espacios incorporan murales que hablan del territorio, de su historia o de sus comunidades.
En ese proceso, dice, el muralismo no solo embellece un lugar, sino que también puede convertirse en un punto de encuentro o en una forma de reconocerse como comunidad.
Palominos coincide con esa mirada y agrega que el arte callejero muchas veces nace precisamente en los barrios donde existen más dificultades sociales, lo que también puede generar referentes positivos.
A medida que estos nuevos murales aparecen en distintas comunas de la región, ambos artistas coinciden en que el impacto que quieren lograr con estas obras va mucho más allá de lo visual.
Para Karpin, el objetivo es que quienes pasen frente a un mural puedan reconocer algo propio: “Me gustaría que las personas se detuvieran un momento y sientan que ese mural tiene algo que ver con su propia historia o con el lugar donde viven”, señala.
Palominos, en tanto, busca que sus obras generen preguntas y abran nuevas miradas sobre el entorno: “Lo que me gustaría que las personas sintieran frente a mis murales es que cuestionen las cosas, que sientan que se puede soñar y que el mundo es para vivirlo y sentirlo”.


