Pole dance en la Región de Coquimbo: la disciplina que busca dejar atrás el estigma

Facebook
WhatsApp
X

Pole dance en la Región de Coquimbo: la disciplina que busca dejar atrás el estigma

Por décadas, el pole dance ha cargado con una sombra de prejuicios. Fuera de la barra, la mirada social suele simplificar en un “baile nocturno” una práctica que realmente exige niveles de fuerza, técnica y control físico comparables a la gimnasia olímpica.

En la Región de Coquimbo, sin embargo, un grupo de instructoras impulsa una transformación silenciosa: resignificar la llamada “barra americana” como una disciplina deportiva y una herramienta de empoderamiento.

Vualá

Hace diez años nació Vualá como una propuesta pionera en la zona, en un contexto donde el pole dance era poco conocido y estaba rodeado de estigmas. Hoy, bajo la dirección de Mariana Arias, la academia atraviesa una etapa de consolidación enfocada en el pole sport, con una mirada más técnica, estructurada y profesional.

La apuesta no es menor al pasar de la curiosidad inicial al entrenamiento serio y progresivo. En Vualá el trabajo no se improvisa. Cada clase contempla preparación física, fortalecimiento, técnica en barra y acompañamiento constante en los procesos individuales. La progresión es clave y el énfasis está en construir bases sólidas antes de avanzar a figuras más complejas.

Desde la academia reconocen que el estigma sigue siendo una barrera: “El prejuicio más común es asociarlo exclusivamente a lo nocturno”, explica Mariana a #EsHoy. Sin embargo, asegura que cuando alguien observa una clase completa, desde el calentamiento hasta la ejecución técnica, la percepción cambia.

El espacio reúne principalmente a mujeres entre 18 y 50 años, aunque también de vez en cuando entrenan hombres de forma activa. Además, han incorporado un Programa Kids dirigido a niñas, niños y adolescentes, ampliando el acceso y normalizando la práctica desde edades tempranas.

Para Arias, el objetivo va más allá de formar deportistas: “Formamos personas que aprenden a sostenerse con confianza, dentro y fuera de la barra”. La comunidad, dice, es uno de los pilares: acompañamiento, respeto y un ambiente seguro donde cada avance es celebrado como logro colectivo.

Más que una barra: las distintas caras del pole

Érika López Guerrero, psicóloga e instructora con ocho años de experiencia, coincide en que gran parte del prejuicio proviene del desconocimiento.

Desde su doble rol, explica que el pole suele ser reducido a una sola dimensión, invisibilizando su complejidad. Dentro de la disciplina existen distintas ramas: el pole sport, centrado en la ejecución técnica y la competencia; el pole art, que incorpora interpretación y narrativa; y el pole exotic, vinculado a la fluidez del movimiento, pero que también exige dominio técnico.

“Si bien todo implica deporte y expresión artística, desde el prejuicio se tiende a asociar más con el lado sensual, porque no se ha mostrado lo suficiente el resto”, señala.

Desde la psicología, también agrega que parte de la resistencia tiene un componente cultural: la incomodidad frente a un cuerpo femenino que expresa fuerza, control y autonomía.

Pero más allá del debate externo, Érika pone el foco en el impacto emocional: “Definitivamente es algo que cambia la forma de relacionarse con una misma”, asegura. Explica que el proceso no es inmediato: al principio aparecen miedos, frustraciones y autocrítica, pero con el tiempo se transforma en una experiencia de superación constante.

“El pole se ha transformado en una vía enorme de autoconocimiento, de una fuente de valoración personal, del desarrollo de mi autoestima”, señala.

Desde la psicología, observa que muchas mujeres llegan con inseguridades corporales profundas. Sin embargo, la práctica desplaza la mirada desde la apariencia hacia la capacidad. Ya no importa tanto cómo se ve el cuerpo, sino lo que puede hacer: sostenerse, invertirse, girar, caer con control.

“No reemplaza la terapia, pero sí es muy buena terapia”, dice entre risas. El pole obliga a confiar en el propio cuerpo, a tolerar la frustración y a celebrar pequeños avances.

Incluso los cuestionamientos por la vestimenta, explica, son parte del aprendizaje colectivo: “Nosotras ocupamos peto y calza, no porque nos guste mostrarnos, sino porque lo necesitamos, porque necesitamos generar puntos de enganche de la piel con la barra para poder sostenernos en los trucos (…) poder sostenerte con la piel es de vida o muerte”.

Para Érika, educar también es parte del rol docente. Mostrar que hay fuerza, disciplina y técnica detrás de cada figura es una forma concreta de combatir el estigma.

Y aunque reconoce que el prejuicio no desaparece de un día para otro, sí percibe cambios. Cada vez más personas se acercan con curiosidad genuina y menos con juicio. Cada vez más alumnas hablan abiertamente de cómo la disciplina impactó su autoestima.

Porque, como resume, el pole no se trata solo de girar en una barra. Se trata de sostenerse. Y muchas veces, por primera vez, sostenerse a una misma.

El pole dance como símbolo de autonomía

Carmen Gloria, instructora conocida como Bendita Aprendiz, aborda estos prejuicios desde una reflexión más social: cómo se mira el cuerpo femenino y quién define lo que es aceptable.

“Es muy difícil hay un prejuicio muy grande, se asocia a bailes eróticos en clubes nocturnos”, afirma. Por eso, cada vez que puede, muestra lo que ocurre antes de subir a la barra. “Les muestro lo que hacemos en clase, la preparación física, el lado B de 40 minutos haciendo mucho ejercicio general y específico según lo que trabajaremos ese día y la gente entiende que es mucha disciplina, mucho trabajo y dedicación”.

Aun así, reconoce que no siempre basta: “Los invito a participar en una clase y aun así mucha gente sigue diciendo que ‘bailamos en el caño’”.

Para ella, el problema también está en cómo se nombra la disciplina. “Poledance, Poledport, PoleArt, PoleExotic son disciplinas de alta exigencia, con torneos nacionales e internacionales, pero jamás hablan de ello como un deporte, siempre es con el comentario sarcástico y prejuicioso”.

Esa experiencia, dice, se acentúa en el contexto local: “La Serena es una ciudad cínicamente ‘cartucha’ que sin duda ve en esta disciplina un riesgo para las buenas costumbres”, señala. Agregando que: “No podemos cambiar la visión de una sociedad que quiere mantener un estándar de vida familiar del 1900”.

Sin embargo, frente a esa resistencia externa, Carmen pone el foco en lo que ocurre dentro de la academia. “La academia a la que asisto es mi lugar seguro”, cuenta. El ambiente es bacán, no hay vanidades” y donde el miedo a mirarse al espejo se transforma en otra cosa: se transforma en soy capaz, soy fuerte, yo puedo”.

Además, comenta que en su caso el cambio no fue solo técnico, también fue personal. Comenzó a practicar a los 49 años, en medio de una depresión: “Mi decisión de practicar pole, paso por una situación afectiva muy compleja, buscaba una disciplina que me hiciera recuperar mi fuerza física y mental, fui por oro y encontré diamantes”.

Su propia experiencia da cuenta de ese proceso. Comenzó a practicar a los 49 años, en medio de una depresión. “Buscaba recuperar mi fuerza física y mental. Fui por oro y encontré diamantes”, afirma.

El cambio, dice, no fue solo físico: “Hoy tengo una relación sana con mi cuerpo, con mi peso y con mi edad. Me siento una deportista y lo valoro”.

Hoy, en la Región de Coquimbo, el pole dance dejó de ser un fenómeno aislado. Existen academias consolidadas, instructoras formadas y una comunidad activa que crece año a año, desde el ámbito competitivo hasta el recreativo.

El prejuicio no desaparece de un día para otro. Pero cada clase abierta, cada demostración y cada conversación informada amplían el margen cultural.

Y para quienes aún dudan, Carmen Gloria lo resume así: “Te invito a una primera clase. A descubrir tu fuerza. Hay un antes y un después. Que nadie te diga que no puedes”.

Compartir:

Relacionados: