Salir de noche en La Serena y Coquimbo ya no es una decisión impulsiva ni un panorama que se arma sobre la marcha. Hoy, antes de elegir bar, muchas personas revisan el saldo, coordinan la previa y calculan cuánto están dispuestas a gastar. Lo que antes era una salida casual de fin de semana, hoy se ha transformado en una experiencia planificada, donde cada trago y cada plato pesan en el presupuesto.
La escena nocturna de la capital regional, especialmente en sectores como la Avenida del Mar, combina terrazas, vista al océano y una oferta gastronómica y coctelera cada vez más sofisticada. Pero ese atractivo tiene un costo. Tragos que fluctúan entre los $5.000 y $11.000, platos para compartir como la tabla picoteo chileno de Estación La Serena, un mix de papas, carne, huevo y verduras que fácilmente bordea los $25.000. Además de gastos adicionales como estacionamiento, propina y transporte de regreso a casa, todo esto ha convertido el carrete en un lujo.
El aumento de los precios ha cambiado la manera de salir: menos rondas, estadías más cortas y una preferencia marcada por horarios de happy hour o largas previas en casa. La pregunta ya no es solo a qué bar ir, sino cuánto se está dispuesto a gastar para disfrutar sin que la cuenta termine arruinando la semana.
Tragos que se sienten en el bolsillo
En bares de la zona costera, los precios de la coctelería se mueven en rangos similares. En locales como New Pirats o Estación La Serena por ejemplo, un Ramazzotti Spritz no baja de $7.000.
Los mojitos, uno de los tragos más pedidos, se pueden encontrar en Living Beach La Serena desde los $5.000 en su versión clásica y sin alcohol hasta los $9.000 en versiones saborizadas o de más tamaño.
Algo similar ocurre en Jardín Ulriksen, donde un cóctel como el Pie Cocktail, preparado con Frangelico, crema, limón y leche condensada, alcanza los $7.900. Incluso las promociones, como el pisco sour 2×1 a $6.200, funcionan más como un alivio momentáneo que como una solución definitiva al gasto total de la noche.
En conversación con #EsHoy, Francisca Carrasco (30), resume con claridad este panorama: “Salir hoy con $20.000 en el bolsillo es casi imposible”. Ese monto, dice, apenas alcanza para un plato para compartir: “En un bar ‘bueno’ te alcanza para un plato de chorrillana que puedes compartir con un amigo y un solo trago. Fácilmente la comida está desde los $12.000 y los tragos a $6.000 o más, además de la propina”.
Justamente la comida es otro factor clave en el aumento del gasto. En muchos bares de La Serena, los platos y tablas para compartir pueden superar los $20.000 o $25.000, dependiendo del tipo de preparación y del sector. Esto ha llevado a que muchas salidas se limiten solo a beber o a compartir un plato entre varias personas para no aumentar tanto la boleta final.
Francisca reconoce que en su caso, ya no improvisa. Prefiere ir a lugares que conoce donde sabe exactamente cuánto gastará: “Cuando salgo ya sé cuánto me voy a gastar. Voy a los mismos lugares y pido lo mismo, entonces ese cálculo está desde antes. Prefiero salir menos veces, pero a lugares ricos y que conozco (…) Uno paga más por el lugar que por el trago. He tomado lo mismo e igual de rico en bares más baratos. Al final lo que se paga es el ambiente, el sector”, comenta.
La previa eterna y la falta de opciones
Para Krishna Ponce (25), estudiante de historia, una de las razones por las que la previa en casa se ha vuelto casi obligatoria no es solo económica, sino también práctica. Asegura que, en su caso, salir a bares se hace aún más complejo porque debe buscar opciones veganas, las que muchas veces son derechamente más caras: “Muchas veces terminas pagando harto por platos simples y fomes. Cuesta encontrar bares que salgan de las típicas papas fritas, empanadas de queso o alguna ensalada”.
“Muchas veces preferimos juntarnos antes, comer algo rico en la casa, hacer cosas para picar y después ir a un bar por un par de tragos para ya irnos a la disco. No es solo por ahorrar, sino porque sé que afuera probablemente no voy a encontrar algo que, a mi gusto, valga lo que cuesta” explica.
Salir menos, pero disfrutar más
Andrea Camacho (26), ingeniera en conectividad y redes, reconoce que su realidad es distinta gracias a un trabajo estable y una buena organización financiera: “Soy ordenada con mis cuentas, entonces sé cuántas veces puedo salir, así cuando salgo trato de concentrarme en pasarlo bien y no andar preocupada todo el rato de la plata”. Aun así, admite que el panorama nocturno se ha encarecido y que ya no da lo mismo elegir cualquier lugar.
Desde su experiencia, La Serena ofrece una ventaja: la competencia entre bares permite encontrar locales con las llamadas “3B”. Sin embargo, hay límites claros, evita sectores más exclusivos y prefiere moverse en espacios donde sabe que la relación precio-calidad es razonable.
Cuando se trata de salir en pareja, el escenario cambia y el gasto sube considerablemente.
Si se hace el cálculo promedio considerando tragos que rondan los $7.000 u $8.000, dos por persona ya suman cerca de $30.000. A eso se agrega una tabla para compartir que fácilmente alcanza los $22.000 o $25.000, más la propina sugerida del 10%.
Solo en consumo dentro del local, la cuenta se acerca a los $60.000, sin incluir gastos extras como el transporte que fácilmente podrían sumar hasta bordear los $70.000.
Según relata Andrea, en una noche tranquila con su pareja en un bar con música tranquila para conversar, un par de tragos y algo para cenar puede fácilmente gastar $50.000”.
“Entre el estacionamiento, la propina y los platos que han subido un montón, la salida se acorta. Antes pedíamos entrada, plato, postre y varias rondas de tragos” comenta entre risas, “ahora intentamos pedir solo un plato para cada una y un par de tragos para que la boleta no nos desestabilice el resto del mes”.
El regreso a casa: el gasto invisible
A la cuenta del bar se suma un costo que muchos consideran inevitable: el transporte de vuelta. Con el transporte público limitado durante la noche, gran parte de quienes salen optan por Uber. Dependiendo del horario y la demanda, un viaje dentro de La Serena o Coquimbo puede costar entre $5.000 y $10.000, especialmente de madrugada, cuando entra en juego la tarifa dinámica.
Ese gasto final termina de cerrar la noche y confirma lo que muchos ya asumen antes de salir: carretear ya no es barato. Por eso, cada decisión como la hora, el lugar, el trago y hasta el camino de vuelta se piensa dos veces.
Salir sigue siendo parte de nuestra vida social, pero hoy más que nunca, es una experiencia que se disfruta con moderación y con la billetera bien vigilada.


