El aumento sostenido de las temperaturas durante el verano no afecta a todas las personas por igual. Mientras para algunos el calor es una molestia pasajera, para personas neurodivergentes —especialmente autistas— puede transformarse en una barrera cotidiana que limita su autonomía, su participación social y su bienestar físico y emocional.
Lejos de tratarse solo de incomodidad, el calor puede provocar desregulación del sistema nervioso, sobrecarga sensorial y agotamiento extremo, intensificando dificultades que ya están presentes durante el resto del año. En un contexto de veranos cada vez más intensos, esta realidad sigue siendo poco visible y con frecuencia minimizada. Sin embargo, los relatos de personas neurodivergentes y la mirada de profesionales de la salud coinciden en un punto clave: el calor no es solo una condición ambiental, sino un factor que puede volver discapacitante la vida diaria cuando los entornos no están pensados para la diversidad de cuerpos y formas de experimentar el mundo.
Nahir Fajardo, trabajadora social independiente enfocada en neurodivergencias y CEO de Dreams of Heaven Games, describe una relación conflictiva con el calor marcada por la desregulación térmica. “Cuando tengo calor es insoportable. Pero a veces, en días de calor, igual tengo el cuerpo frío o siento frío en brazos y piernas y calor en la cara. Eso dificulta regularme, porque no sé si abrigarme o desabrigarme”, relata.
Por su parte, Prisila Paredes, terapeuta ocupacional del Hospital San Pablo de Coquimbo, explica que estas experiencias no son exageraciones ni percepciones aisladas. “Desde el modelo de integración sensorial entendemos que el calor no es solo una sensación física, sino que afecta directamente al sistema nervioso. En personas neurodivergentes, especialmente autistas, existe mayor dificultad para filtrar y regular estas sensaciones”, señala.
Paredes añade que estímulos como el sudor, la temperatura elevada o el roce de la ropa “se perciben como muy intensos o molestos, lo que genera una mayor carga corporal. Cuando hay mucho estímulo acumulado, al cerebro le cuesta manejar otras tareas, como el ruido, la luz o las exigencias del trabajo”.
Las horas más difíciles
Para Nahir, entre las 12:00 y las 19:00 horas el día se vuelve especialmente complejo. “Son las horas más pesadas. Prefiero dormir para evitar sentir el calor, y son las horas en las que preferiría no salir, pero igual tengo que ir a comprar el pan”, comenta.
Esta necesidad de “hibernar” durante el día no responde a una preferencia personal, sino a una estrategia de supervivencia. Según Paredes, “cuando el cuerpo entra en un estado de alerta y saturación aparecen el cansancio extremo, la dificultad para concentrarse, la irritabilidad e incluso la necesidad urgente de aislarse”.
En los espacios públicos, el calor suele combinarse con otros estímulos que pueden resultar abrumadores. “Salir, estar expuesta al sol, andar en locomoción y sentir el calor, los olores de otras personas, la música sin audífonos o que fumen dentro de la micro —al menos en micros rurales— hace que todo se intensifique”, explica Nahir. “Eso aumenta el dolor de cabeza y la incomodidad, y al llegar a casa solo quiero encerrarme a dormir porque el agotamiento es extremo”.
La terapeuta refuerza esta experiencia al señalar que “cuando el calor se suma a las exigencias del día a día, puede sobrepasar completamente la capacidad de regulación del sistema nervioso, incluso en personas que durante otros meses del año logran regularse mejor”.
Vivir con el cuerpo en constante incomodidad
Solange Pardo, profesora de inglés, relata una experiencia similar. “Me desregula sentir la piel caliente y la ropa caliente. Me cuesta dormir y durante el día ando cansada y acalorada”, comenta. Además, el calor interfiere con estrategias que normalmente le permiten regularse. “Me cuesta más soportar el calor del ejercicio, que es lo que uso para manejar mi ansiedad”.
Desde la mirada clínica, estas dificultades tienen una explicación clara. “En personas neurodivergentes, el calor, la ropa pegada al cuerpo o el sudor pueden sentirse muy invasivos o incluso generar dolor. Eso provoca que el cuerpo entre rápidamente en un estado de saturación”, explica Paredes.
El impacto también alcanza la alimentación y la movilidad. “Muchas veces tengo que saltarme el almuerzo o comer algo frío porque no soporto el calor adicional de cocinar”, señala Solange. Sobre el espacio público, es tajante: “El metro es insoportable y no puedo ir a la feria porque el sol directo me causa dolor de cabeza y vómitos”.
Para Antonia Vargas, estudiante de periodismo, autista y con disautonomía, el verano representa una pausa forzada. “Siento que no puedo vivir el día con normalidad. Mi energía se va por completo y termino cansada todo el rato. Es como si mi vida se frenara un poco en verano”, relata. Las sensibilidades sensoriales, explica, se intensifican: “Los ruidos me molestan más, la ropa me incomoda, sudo mucho y la luz me abruma. El calor lo empeora todo”.
La terapeuta ocupacional recalca que estas reacciones “no tienen que ver con falta de voluntad ni con flojera. Son respuestas del sistema nervioso frente a una sobrecarga sensorial real”.
Las entrevistadas coinciden en una demanda central: comprensión. “Esto es discapacitante”, enfatiza Nahir. “No es flojera. Me debilita, no me deja pensar bien y he llegado a crisis de ansiedad y burnout por forzarme a funcionar”.
Valentina Huentupil, psicóloga del Hospital San Pablo de Coquimbo y persona neurodivergente, sostiene que estas experiencias evidencian una deuda estructural. “Los espacios laborales y educativos deberían considerar mayor flexibilidad horaria, pausas adicionales, acceso a espacios frescos y modalidades remotas en días de calor extremo”, plantea.
Huentupil subraya que estas medidas no constituyen privilegios. “Son condiciones necesarias de accesibilidad. La accesibilidad no se limita a lo visible; también incluye las condiciones ambientales que permiten o impiden la participación plena”.
En un escenario de veranos cada vez más extremos, el desafío no es solo climático. También es social, cultural y urbano. Reconocer que el calor puede convertirse en una barrera invisible es un paso necesario para avanzar hacia una inclusión real, donde existir y participar durante el verano no dependa de resistir el entorno, sino de que este esté pensado para todas las personas.


