Hace algunos años, ver patinadores recorriendo la Avenida del Mar, organizando rutas o entrenando en skateparks era una escena poco frecuente. Hoy, en cambio, el patinaje urbano se ha instalado con fuerza en la Región de Coquimbo como una práctica que cruza generaciones, territorios y motivaciones: deporte, comunidad y también una forma distinta de habitar y moverse por la ciudad.
Uno de los proyectos que resultó clave en la formación de esta escena fue Golpe Roller, tienda y escuela fundada por Gustavo Muñoz, conocido en el mundo del roller como Kamizama. Desde ese espacio, durante años no solo se vendieron patines: se enseñó a patinar, se formaron instructores y se impulsó una cultura que hoy se replica en academias, colectivos y rutas urbanas en distintos puntos de la región.
“Durante mucho tiempo no había implementos ni espacios formales para aprender. La idea siempre fue compartir lo que sabíamos y enseñar de forma segura, para que otros después pudieran enseñar también”, explica Muñoz, fundador de Golpe Roller.
De la escuela a la vida pública
El impacto de ese trabajo se refleja en historias como la de Ximena Ampuero García, consejera regional, quien comenzó a patinar en 2021 precisamente en Golpe Roller. “Ahí aprendimos a hacer rutas, a compartir el espacio público y a querer este deporte. Realizamos actividades en sectores como Cuatro Esquinas con Larraín Alcalde, hicimos rutas en Tongoy, La Serena y Vicuña”, comenta.
Hoy, Ampuero patina de forma habitual, incluso como medio de transporte. “Muchas veces me iba en roller al Gobierno Regional cuando tenía sesiones y comisiones”, recuerda. Desde su rol institucional, reconoce que el crecimiento del patinaje urbano en la región se debe en gran parte a personas que decidieron enseñar y abrir espacios de aprendizaje accesibles.
Para Ivania Luna Fernández, patinadora, madre de tres hijos, emprendedora y vecina de Pan de Azúcar, en Coquimbo, el patinaje urbano también llegó para quedarse. Aunque patinaba desde pequeña, retomó la práctica de manera constante en 2022 con un objetivo simple: “volver a patinar derecho y aprender a frenar”. Lo que comenzó como un desafío personal terminó convirtiéndose en un espacio de encuentro, contención y crecimiento colectivo.
“Con el tiempo fui descubriendo disciplinas como el slalom, downhill y el patinaje agresivo, y eso me motivó a seguir aprendiendo y perfeccionándome”, cuenta. Pero más allá de lo técnico, destaca lo que ocurre fuera de los trucos y las rutas: “La sensación de libertad, el desafío personal constante y la posibilidad de compartir con amigas y amigos”.
Hace cerca de un año, Ivania integró el grupo femenino Roller Queens, una agrupación de mujeres patinadoras enfocada en fortalecer la confianza, el apoyo entre pares y la invitación a más personas a sumarse. Actualmente forma parte de la directiva del Club Cuarta Roller, desde donde trabajan activamente en la organización de encuentros y eventos que buscan fortalecer el patinaje urbano en la región.
“El enfoque principal es apoyar a los deportistas locales y generar espacios donde se fomente la participación, el aprendizaje y la comunidad”, explica. Desde ese rol, ha sido testigo del crecimiento del roller en sectores como la Avenida del Mar, donde cada vez se observa a más familias, jóvenes y adultos patinando. “Eso demuestra que el patinaje ya no es solo cosa de jóvenes, sino una práctica transversal”, afirma.
Uno de los principales desafíos, advierte, sigue siendo la convivencia en el espacio público. “Falta educación vial y conciencia. Todavía hay mucho desconocimiento sobre cómo convivir peatones, ciclistas y patinadores”, señala, subrayando además la importancia del autocuidado. “El bajo uso de protecciones sigue siendo una falencia. El casco, las rodilleras y las muñequeras son clave para practicar este deporte de forma segura y sostenible en el tiempo”.
Desde su experiencia, reconoce que muchas personas no se atreven a empezar por miedo, vergüenza, desconocimiento o por el costo del equipamiento. Por eso, su principal recomendación es aprender acompañado. “Acercarse a escuelas o colectivos hace toda la diferencia. Te sientes apoyado, más seguro y motivado”, dice, destacando el trabajo de agrupaciones como Golpe Roller, La Cuarta en Línea, La Serena Patina y Whiteland, que organizan encuentros abiertos a distintos niveles.
Llegar tarde y quedarse
El crecimiento del patinaje urbano también ha sumado a personas que nunca antes habían patinado. Es el caso de Miguel Bascuñán Toro, analista de sistemas, quien comenzó a los 40 años, en plena pandemia. “Buscaba alguna disciplina que me sacara un poco del encierro. El sedentarismo ya me estaba pasando la cuenta, así que quería algo simple, que no implicara mover una bicicleta de un lugar a otro y que pudiera hacer en la playa o en la calle afuera de mi casa”, relata.
Miguel comenzó aprendiendo solo y luego se integró a escuelas de la región, hasta formarse como instructor. Hoy se dedica exclusivamente a enseñar a niños. “Cada niño es distinto. A algunos hay que trabajarles el miedo, a otros la prudencia. Son mundos súper diferentes”, comenta.
Además, utiliza los patines como medio de transporte. “Dejo el auto lejos y me muevo por el centro en patines. La gente lo encuentra una muy buena idea”, agrega.
Pese al crecimiento de la actividad, los desafíos persisten. Skateparks como el ubicado en Cuatro Esquinas con Avenida del Mar concentran gran parte del movimiento, pero carecen de mantención y servicios básicos, a pesar de su alto potencial deportivo y comunitario.
A esto se suma la necesidad de mejorar la convivencia vial. Patinadores coinciden en que, más allá de la educación, falta infraestructura que permita compartir de mejor manera el espacio entre peatones, ciclistas y ruedas no motorizadas. En ese contexto, el uso de protecciones —casco, rodilleras, coderas, muñequeras y protectores de cadera— se vuelve fundamental para una práctica segura.


