Era temprano el domingo, pero ya se sentía algo distinto en el aire de La Serena. Desde distintos rincones de la ciudad y de Coquimbo comenzaron a llegar mujeres de todas las edades, profesiones, historias y nacionalidades. Algunas venían solas, otras acompañadas, pero todas con el mismo propósito: caminar juntas, subir el Cerro Grande y ser parte de una experiencia que prometía mucho más que un ejercicio físico.
Más de 60 mujeres respondieron al llamado de Paulina Munizaga y Anyelina Nardón, organizadoras de una iniciativa que nació desde el corazón y que, tras su primera publicación en #EsHoy y otros medios de comunicación, desbordó expectativas. Con un grupo de WhatsApp, mapas, instrucciones de seguridad y recomendaciones sobre vestimenta, las organizadoras entregaron no solo información práctica, sino también contención, energía y una promesa: que caminar juntas es más que deporte, es una forma de cuidarse, conocerse y sanar.
El primer paso, juntas
La ruta elegida fue el Cerro Grande, un ícono natural de la capital regional, que recibió con sol suave y brisa fresca a las participantes. Algunas se conocían entre sí, muchas no, pero a los pocos minutos la confianza se instaló como si la caminata fuera solo una excusa para encontrarse.
“Fue una hermosa experiencia. La energía que transmitía el grupo era impresionante, ver a mujeres de distintas edades llegar a la cima, algunas sin experiencia o entrenamiento, fue muy emocionante, estoy feliz al ser parte de esto”, relata a #EsHoy Oriana Gamboa, kinesióloga de 27 años.
Para muchas, como Mary Berríos, madre soltera y estudiante de 25 años, un espacio como este era impensado hasta hace poco: “No me gustaba ir a actividades sola. En mi círculo nadie se motivaba. Pero esta fue una experiencia maravillosa, la energía fue increíble. Espero que existan más instancias así”.
Una cima con sentido
El ascenso al Cerro Grande se volvió también una metáfora. Cada paso era una forma de recuperar espacio personal. Cada conversación, una oportunidad para compartir lo que muchas veces se guarda en silencio. Y cada pausa para respirar, un recordatorio de que el autocuidado es una forma de resistir.
“Me pareció increíble, hasta emocionante, el que hayan dado espacio a la reflexión y conectar esta actividad con las emociones. Vencer miedos, hacernos cargo de nuestra salud física y mental, ponernos como prioridad. Eso deja una gran enseñanza y fuerza para seguir”, cuenta Carolina Varas, docente de educación superior de 42 años.
La experiencia fue tan transformadora para algunas, que se convirtió en una especie de antes y después. Erika Arias, esteticista integral de 44 años, confesó: “Hace tiempo sentía que me había abandonado. Llegar a la cima fue como romper con ese miedo limitante. Mis piernas no me respondían, pero mi corazón las obligó a seguir. Y llegué”.
Entre las asistentes también estuvo Yennyt Cabrera, contadora de 48 años, cuya presencia simbolizó un acto profundo de transformación personal. “Mi historia es larguísima”, dice, “pero solo te diré que el año pasado, en esta misma fecha, pesaba 148 kilos. Tenía fibromialgia, hipertensión, prediabetes, hígado graso y tres hernias en la columna. Decidí cambiar mi vida”. El ascenso al Cerro Grande fue su cuarto cerro, un hito más en un proceso de renacimiento que la tiene hoy en un camino de bienestar físico y emocional. “En el cerro me conecto, dejo atrás el tic nervioso del ojo, vivo mis duelos con paz”, comparte con voz serena. Su historia, como la de tantas otras ese día, le dio un sentido aún más hondo a la caminata: subir juntas era también, para muchas, una forma de volver a vivir.
Comunidad y sororidad
Aunque no hubo podios ni cronómetros, sí hubo logros: físicos, emocionales y simbólicos. Lo que se gestó ese día no fue solo una actividad al aire libre, sino una verdadera red de apoyo. “El cerro es magia, y las mujeres también lo somos. Esta actividad fue maravillosa, porque juntarse con otras mujeres es la manera de fortalecernos, apoyarnos y que mejor en medio de la naturaleza”, dijo Romina Jara, coach ontológica de 45 años.
Para muchas, fue también un espacio de pertenencia, especialmente para quienes han llegado a Chile desde otros países. “Estoy sola en Chile, soy venezolana. Y me pareció muy bonito compartir con mujeres que también aman la naturaleza. El grupo fue muy armonioso, lleno de buena vibra. 60 historias de vida distintas conectadas por algo tan simple y tan poderoso como caminar”, compartió Edith Coromoto, vendedora de 51 años.
Esta salida tuvo un matiz especial, confesó María Contreras, docente de 37 años de La Serena, aunque ha practicado trekking antes e incluso ha recorrido cerros de la región y otras disciplinas deportivas, lo vivido este domingo fue distinto. “Fue una experiencia muy linda, conocí chicas muy agradables de diferentes edades y estilos de vida. Me sorprendió el impacto que tuvo en algunas participantes lograr llegar a la cima, incluso simplemente levantarse ese día para participar”, relató. Más allá del esfuerzo físico, María valoró el sentido profundo de la jornada: “Se sintió diferente porque todo fue con el fin de motivar a otras a este espacio, no solo de deporte, sino también de autocuidado”.
Las organizadoras ya lo advirtieron al final del recorrido: esta fue solo la primera de muchas salidas. Se vienen nuevos destinos, otras caminatas, más oportunidades de conectar con el cuerpo, con la naturaleza y entre mujeres. Por ahora, lo importante es que el primer paso ya se dio. Y no fue uno tímido. Fue un paso firme, colectivo y lleno de significado. Un paso hacia arriba, como el nombre que han comenzado a adoptar entre ellas: Mujeres Arriba.


